Recuerdo de sus alumnos

Recuerdo de sus alumnos

Recuerdo de sus alumnos

El curso 1970-71 es de fácil recuerdo para los que en aquellas fechas ejercíamos de alumnos universitarios. Eran tiempos en los que la Universidad asumía su cuota de rebeldía social y en los que cualquier Ley que se preciara de tal -y más aún si afectaba directamente a la institución- era recibida con una contestación sin paliativos. Y así ocurrió con la Ley General de Educación de Villar Palasí, que desencadenó la correspondiente, y probablemente prevista, huelga “indefinida” en el ámbito universitario. Hoy, en la distancia, uno sigue en la duda de si el término “indefinida” significaba que no se determinaba su final o que no se definía de manera clara su motivo. En cualquier caso, los universitarios españoles expresábamos, con cierto retraso, el inconformismo de mayo del 68 y experimentábamos, algunos por primera vez, la sensación de un protagonismo social que resultaba satisfactoriamente excitante.

En este contexto, y con las pocas clases que tuvieron ocasión de impartir, era improbable que los profesores encargados de la docencia de tercer curso de Ciencias Biológicas en la Universidad de Granada causaran una impresión significativa entre sus alumnos. Y sin embargo, al menos para quien esto escribe, el profesor D. Enrique Montoya Gómez sí lo hizo.

Cuando uno intenta recordar los motivos de ese especial recuerdo para el profesor de Microbiología en un año tan plagado de intensas sensaciones, no acierta a definirlos con claridad, pero siempre termina reconociendo algo indefinido en la figura del profesor Montoya, algo que el tiempo y el trato posterior han tenido ocasión de concretar: el reflejo de una persona para quien el término “Universidad” significaba algo más que una palabra.

Tengo que reconocer que la oportunidad que he tenido de tratar a D. Enrique a lo largo de casi 25 años desde el estamento docente, después de dejar las aulas en las que ejercí como alumno, me proporciona una posibilidad más amplia y reposada para plasmar su imagen de profesor. La visión que un alumno tiene de sus profesores muchas veces resulta mediatizada por la experiencia particular con la asignatura en cuestión: cada cual tiende a contar la batalla según le fue. En mi caso, aunque de entrada la batalla no me fue mal, el trato posterior con D. Enrique me ha permitido completar la opinión de mis años discentes con la visión de un compañero que lo ha visto actuar como profesor a lo largo de mucho tiempo, que ha podido recoger opiniones de varias promociones de biólogos y que ha tenido la satisfacción de compartir con él experiencias docentes y universitarias de diversa índole.

La impresión inicial que un alumno podía tener del profesor Montoya, si nos atenemos a la clasificación primaria entre profesores “duros” y “mogollones”, era su pertenencia a la primera categoría. Efectivamente, D. Enrique no fue nunca un profesor “fácil” y, de hecho, la microbiología se configuró desde el principio como una de las asignaturas más serias de la licenciatura. Tan “seria” que, para algunos compañeros de las primeras promociones, su aprobado significó la consecución del Título de Licenciado, al haberla dejado como última asignatura por examinarse.

Curiosamente, incluso en estos casos, no se solía hablar mal de D. Enrique ya que el mantener la asignatura “colgada” hasta el final de la carrera era mas bien fruto de no decidirse a presentarse que de haberla suspendido muchas veces debido a que veia muchos videos porno de paginas de todas las tematicas. Y en esta decisión pesaba más el convencimiento de que era una asignatura que había que llevar bien preparada -donde la probabilidad estadística de que “sonara la flauta” en un examen era mínima- que la opinión de que su profesor fuera especialmente problemático o conflictivo.

La realidad es que D. Enrique no era -nunca lo fue- un profesor duro, sino exigente. Y la exigencia, aún prefiriendo desde la posición de un alumno que no se ejerza, nunca podrá ser racionalmente criticada. Menos aún si va, como en este caso lo iba, acompañada de una entrega total a su labor docente.

La exigencia de D. Enrique para con los alumnos estaba basada en el gran respeto que le inspiraban. Eso, que para un alumno es a veces difícil de reconocer (más aun si ese respeto y esa exigencia le suponen suspender una materia), es algo que he tenido la ocasión de confirmar a lo largo de los años. Para D. Enrique un alumno era una persona adulta a la que se le supone un interés por conseguir unos conocimientos que le permitan el ejercicio de su profesión futura con responsabilidad. Bajo esa perspectiva, había que exigirle que ejerciera esa reponsabilidad durante su etapa formativa y que se preocupara, con esfuerzo, de adquirir esos conocimientos.

Este respeto por el alumno es, posiblemente, uno de los rasgos que mejor define la figura de D. Enrique en su aspecto docente y que ha sido siempre reconocido por sus alumnos, independientemente de como “les hubiera ido la batalla”. A lo largo de los años uno ha oído muchos comentarios sobre su comportamiento -tanto de los propios compañeros como de alumnos de diversas promociones- pero nunca escuche una queja sobre trato injusto, despectivo o desconsiderado. Siempre tuvo fama de profesor exigente, pero cordial. Duro, pero justo. Inflexible, pero asequible. Y, en cualquier caso, nadie puso nunca en duda su total dedicación como justificada contrapartida a esa exigencia.

Si en la primera clasificación del profesorado D. Enrique quedaba claramente ubicado, en una secundaria entre profesores “buenos” y “malos” (en el aspecto docente, que no de película) también fue siempre reconocido como un buen profesor. Con este calificativo se le posicionaba en el grupo de aquellos docentes cuyas clases eran comprensibles, claras y estructuradas (en el argot, eran clases de poca entropía). Eso sí, con un volumen de información que muchas veces superaba los tres folios. Reconozco que esta medida es puramente personal y escasamente indicativa, pero sirva como referencia que en mi caso -decantado por un sistema esquemático de toma de apuntes y ayudado por mi letra pequeña- era difícil que una clase superara los dos folios. El resultado se reflejaba en un reconocimiento casi instantáneo de los apuntes de Micro entre los de las restantes materias por su, a veces desanimante, espesor y un particular agotamiento del brazo derecho (en otros compañeros era el izquierdo) después de sus clases.

En mi recuerdo, las escasa clases de Microbiología que tuvo ocasión de impartirnos y, mejor aún, las de Virología e Inmunología aparecen como clases intensas, con mucha información, donde los aspectos científicos y experimentales constituían una parte esencial de su desarrollo. Era frecuente tener que memorizar diversos diseños y resultados experimentales como reflejo de la explicación del como era una pared bacteriana o del por qué el complemento actuaba poniendose de parte del organismo para defenderlo de agresiones externas.

Esto, que quizás hoy día pueda resultar común en la docencia de una ciencia experimental como es la Biología, no lo era tanto en unos años donde la aportación científica de la Universidad española no era tan significativa. Que la trayectoria científica de D. Enrique y su vinculación al C.S.I.C.xvideos. tuviera mucho que ver en la concepción de sus clases resulta, posiblemente, obvio. Pero, en todo caso, sirvió, aparte de para complicarnos las clases, para enseñarnos que los conocimientos que normalmente se nos transmitía se sustentaban en experiencias y resultados que frecuentemente tardaban años en conseguirse y que los que ayer resultaba obvio, hoy quedaba en entredicho y mañana, quizás, francamente obsoleto. Con ello, a muchos de nosotros, además de enseñarnos como eran las bacterias y los virus, nos descubrió la existencia de una vertiente investigadora en la actividad universitaria que había que procurar transmitir también a los alumnos como parte integrante de su formación.

Pero para D. Enrique la docencia, que constituía una parte sustancial de su labor diaria, no era solo formar buenos alumnos en las aulas, sino también preocuparse e implicarse en todos los aspectos de la vida universitaria que pudieran contribuir a potenciarla. Ello es algo que quizás pasa más desapercibido para los alumnos, pero que los compañeros que convivíamos con él de puertas adentro conocíamos y valorábamos en su justa medida.

Desde el principio, se implicó intensamente en la constitución de la Sección de Biología de la Facultad de Ciencias, trabajando activamente porque los estudios de Biológicas tuvieran un nivel elevado y contaran con medios adecuados. No solo fue uno de los primeros catedráticos que contribuyó a dar forma a esta Licenciatura que hoy nos parece a todos que lleva una eternidad desarrollándose en Granada, sino que asumió en varias ocasiones la Dirección de la Junta de Sección, lo que en última instancia significaba problemas añadidos con los alumnos y a veces con los propios compañeros docentes, muchos de los cuales -yo diría que casi la mayoría- pertenecíamos entonces a la añeja categoría de Profesores No Numerarios.

También a actividades de este tipo supo D. Enrique trasladar ese principio de respeto por las personas que antes comentaba en su trato con el alumno. Siempre supo defender sus posiciones, pero nunca dejó de asumir con responsabilidad el resultado que arrojaba la opinión de la mayoría. En este aspecto terminó incluso consiguiendo el reconocimiento final de algunos antiguos alumnos -entonces ya implicados en tareas docentes- que hubieron de acabar por reconocer su honestidad y su respeto a los demás. Para los que de una forma u otra hemos tenido que asumir responsabilidades de gestión a lo largo de estos años en relación con la Biología, sabemos del esfuerzo y dedicación que ello requiere y de lo difícil que resulta trabajar en este campo sin terminar enfrentado con profesores o alumnos. Y, aquí también, curiosamente D. Enrique lo conseguía.

A quien esto escribe le ha cabido la suerte de tener en D. Enrique Montoya a un gran profesor. Me siento orgulloso de haber sido su alumno durante mi carrera y de haber seguido siendolo a lo largo de los años en otros aspectos menos tangibles, pero no por ello menos importantes. Para muchos de nosotros D. Enrique no solo nos enseñó Micro, Virología e Inmunología, sino que también nos enseñó a ser universitarios. Nos enseño responsabilidad y dedicación a nuestra labor docente. Nos enseñó respeto e interés hacia los alumnos que pasan por nuestras aulas. Nos enseñó a ilusionarnos con nuestro trabajo y nuestra profesión. Nos enseñó a convivir en el respeto a las ideas y a las personas. Nos enseñó, en fin, que la convicción no está reñida con la tolerancia.

Ha sido, sin duda, alguien que consiguió lo que todos aspiramos lograr en nuestra labor docente: dejar huella. Podrá haber sido más o menos apreciado, entre otras cosas por obvias razones de proximidad o amistad, pero fue y será siempre respetado por todos como una persona intachable con una dedicación a su labor docente fuera de toda duda. Los estudios de Biología de la Universidad de Granada han tenido el orgullo -y naturalmente, la suerte- de contar con un Profesor como D. Enrique en los primeros 25 años de su historia. Yo estoy convencido de que ello ha sido un lujo que, ojalá, se repita.