Inicio profesional y estancia en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Inicio profesional y estancia en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Inicio profesional y estancia en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Estación Experimental del Zaidín, CSIC, Granada

Con vistas al homenaje que hace unos años se le iba a hacer a Enrique con motivo de su jubilación cuando cumplía los 65 y que, afortunadamente, quedó pospuesta, le pedí a su antiguo compañero de licenciatura Eduardo Esteban, que junto a José Rodríguez Caro y José Aurelio Porras, formaron un cuarteto inseparable, unas notas sobre la época de su vida en el Consejo anterior a mi llegada como becario.

Estas primeras líneas que tomo prestadas, sirven de lazo de unión entre la etapa de Enrique como alumno y los primeros tiempos de su vida profesional. Terminada la Licenciatura en 1951, Caro se va a su tierra de origen y los otros tres se quedan en la Facultad, en el laboratorio de Microbiología del profesor Vicente Callao, que pertenecía a una nueva generación de catedráticos, magníficos profesores e investigadores. Ya habían tenido contacto con el laboratorio de Don Vicente, haciendo antes de terminar la carrera, los primeros pinitos en investigación. Poco tiempo después, Porras también se va y algo más tarde, Eduardo Esteban pasa al laboratorio de Fisiología Vegetal, con el Prof. Luis Recalde. Enrique Montoya queda en Microbiología para convertirse en el primer discípulo de Don Vicente Callao, del que él y todos los que hemos seguido recibimos junto a una buena educación científica, una alta inquietud profesional que Enrique supo poner de manifiesto a lo largo de toda su carrera investigadora y docente.

El mismo año que termina la Licenciatura se crean en distintas cátedras de las Facultades de Ciencias y Farmacia, Secciones del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, dependientes del Patronato Alonso de Herrera, con lo que pudo estrenar su primer nombramiento de becario. En 1953 lee la Tesis Doctoral en Madrid sobre la utilización del orujo de aceituna como materia prima para fermentaciones, obteniendo la máxima calificación, y es enviado con una beca a Italia. Por este tiempo, el Consejo adquiere un chalet en la Avenida de Cervantes a donde se trasladan las Secciones anteriormente fundadas, unidas bajo el nombre de Estación Experimental del Zaidín, dedicada, a imitación de la célebre Estación Experimental de Rothamsted, a los estudios relacionados con el suelo y las plantas. La Sección de Microbiología a la que él perteneció, estaba dirigida por Don Vicente, dirección que simultaneaba con la cátedra, y en la que permanecía todas las tardes nucleando el pequeño grupo original y en estrecho contacto con el resto de las Secciones. Poco después de su vuelta de la estancia con el Profesor Bolcato en Pavía, Enrique fue nombrado Ayudante de Sección y, en 1956, obtuvo con el número uno la plaza de Colaborador Científico, institucionalizando el incipiente grupo.

A Enrique tuve el gusto de conocerle cuando Don Vicente, iniciando una costumbre que después siempre mantuvo con sus discípulos, le encargó las lecciones de metabolismo bacteriano, sorprendiendo a todos los alumnos por la calidad de sus clases que a todas vistas indicaban sus magníficas cualidades para la docencia. A estas alturas ya don Vicente había detectado su interés por la bioquímica, que más tarde tendría ocasión de poner bien de manifiesto.

Desde esa etapa entablamos contacto bastante continuo, que se intensificó cuando, a partir de mi entrada como becario en la Estación en 1959, empecé a ayudarle en su trabajo, junto con la inolvidable Isabel López, Isabelita para todos, pieza clave en la Sección y que, entre otros menesteres, tenía la misión de preparar el café de las tardes. Esta costumbre, establecida por Enrique, buen amigo de las tertulias, y en el que participaban, aparte de don Vicente, los Profesores Gutiérrez Ríos, Hoyos Recalde y Capitán. En este café, el cafelito, como él le decía, se hablaba de lo divino y humano y no pocos proyectos de dirección del centro y de investigación surgieron en el devenir de los años en estas reuniones informales. Por mucho tiempo, prácticamente hasta su marcha a Sevilla, continuaría esta costumbre en su mismo despacho, como también la obligación que se echó encima, desde la primera fiesta que se celebró, de montar el árbol de Navidad a fuerza de luces, cigarrillos y alguna que otra copa de anís.

Por el hecho de estar en una Estación Experimental, los primeros trabajos estuvieron relacionados con la Microbiología del Suelo interviniendo en la dirección de las primeras tesis doctorales de la Sección, las de Manuel Ortiz y Enrique Hernández, que trataban de estudios relacionados con Azotobacter y, posteriormente, la mía propia, sobre Rhizobium. A nosotros, como a los doctorandos que vinieron después, dedicó gran parte de su tiempo y sobre todo de su ánimo.

Estas investigaciones sobre bacterias fijadoras de nitrógeno se simultanearon con estudios microbiológicos sobre productos agrícolas o de potencial uso agrícola, como la turba del Padul, cuyo estudio, en colaboración con la Sección de Química Analítica supuso el primer contrato, entre comillas, con empresas y con el que se pudo comprar una mesa de despacho en condiciones.

Estando como estaba al tanto de la bibliografía, y con su gran imaginación, pronto vislumbró el interés de otras lineas de trabajo, entre ellas, el estudio de la levadura como modelo para la comprensión de determinadas patologías en organismos superiores o la activación biológica del sulfato en plantas, que llevó, gracias a su iniciativa, a la instalación del laboratorio de radioquímica en el Zaidín.

Este afán por estar al día en diferentes temas, junto a sus cualidades innatas de magnífico docente, le llevó a realizar unas brillantes oposiciones las tres veces que aspiró a Cátedra, dos para la de Bioquímica de la Facultad de Farmacia de Granada, teniendo en ambas ocasiones a Federico Mayor como contrincante, y la tercera, para la de Microbiología de la Facultad de Biología de las Universidades de Sevilla y Salamanca. Recuerdo la impresión que causó a propios y extraños la lección magistral sobre la recién conocida traducción del ARN mensajero que presentó en la primera oposición. Para ello preparó unos enormes carteles en colores, entonces no había las facilidades que hoy día, en los que presentaba muy didácticamente la síntesis de las proteínas.

El aparente fracaso con la Bioquímica, no supuso desaliento alguno y continuó, con más entusiasmo si cabe, con su investigación antes emprendida hasta que cuando se crearon años más tarde las Facultades de Biología de Sevilla y Salamanca, se le presentó de nuevo la posibilidad de opositar a cátedra, obteniendo con brillantez la de Microbiología de Sevilla en 1967.

Había captado rápidamente la tesis de Warburg de que la célula cancerosa manifiesta un metabolismo oxidativo deprimido. A Enrique se le debe la idea de establecer la comparación entre la célula cancerosa y las mutantes de levadura con deficiencia respiratoria. En un trabajo que publica en Science en 1961, expone el aislamiento de la toxohormona, un polipéptido encontrado en tumores, de estas mutantes que no esta presente en las cepas silvestres, ni tampoco en tejidos animales normales.

El trabajo, admitido en esta prestigiosa revista sin problemas, supuso para él un gran estímulo y le impulsó a continuar con la linea de investigación emprendida. El laboratorio se llenó de ratones, la actividad de la toxohormona se medía por su efecto sobre la catalasa hepática de este animal, de levaduras y de tumores. Poco después se encontró que una mutante inestable de levadura podía sustituir el hígado de ratón, por el efecto inhibidor que presentaba la toxohormona sobre su crecimiento, con el consiguiente ahorro de animales, material y esfuerzo. En relación con estos trabajos, recuerdo, cuando el fuego en el primitivo edificio del Zaidín, la hoy conocida por Casa Blanca, nuestra entrada entre mangueras y protestas de los bomberos, a salvar los tubos de las cepas de levadura y el respirómetro de Warburg, que a trompicones pudimos sacar entre los dos a la calle. Estas investigaciones dieron lugar a dos publicaciones más en Science y otras en diversas revistas, así como varias tesis doctorales. Los trabajos alcanzaron un renombre internacional, que se manifestó en la invitación personal recibida para participar con una ponencia en uno de los simposios del X Congreso Internacional del Cáncer que se celebró en Houston en 1970, y al que me vi obligado a asistir como componente del grupo, dada su negativa a ir, cosa que no era de extrañar teniendo en cuenta lo poco que le satisfacían esta clase de situaciones. Todos los que le han conocido saben, que aparte de no gustarle mucho viajar, lo suyo era el trabajo recluido y callado.

El gran interés despertado por la toxohormona, en la que se veía, sobre todo la posibilidad de un método precoz de detección del cáncer, fue apagandose en su grupo y en todos los demás, por la dificultad de ponerla en evidencia por métodos fáciles y constatar que no conducía a nada en la investigación básica sobre esta patología, que había tomado otros derroteros más esperanzadores.

Sin embargo, el cariño adquirido a la levadura le llevó a estudios sobre supresividad, transformación, factores killer, fusión celular etc. ya en Sevilla y continuados a su vuelta a Granada y, precisamente, en el mismo lugar de donde salió, la Sección de Microbiología del Zaidín, ya que al no contar con laboratorios en la Universidad, llevó allí a los discípulos, Carmen Rodríguez Franco, José Mª Ortega Ruíz, María Teresa González y Victor Costa Boronat, que habían seguido al maestro en su traslado. A ellos se unieron después algunos más, y todos tuvieron que apiñarse, con los entonces componentes de la Sección, en el reducido espacio que había, hasta su paso a la Facultad de Ciencias. Este marcha no supuso una separación total, pues Enrique continuó en contacto con la Sección, al principio con asistencia diaria y luego, cuando ya las tareas del departamento se lo pusieron difícil, algunas tardes y, por supuesto, los días no lectivos, estando al tanto y participando en la dirección de la investigación que allí se desarrollaba, investigación que en su mayor parte, era llevada a cabo por las personas que, con buen ojo, él había seleccionado y que enviaba al Zaidín para realizar allí su Tesis Doctoral. Muchas de ellas nos acompañan hoy en este emotivo acto.

Su estima por el Consejo y por las personas que allí trabajábamos, le llevó a confiar en algunos de nosotros los Encargos de Cátedra de Microbiología, mientras él se incorporaba, y más tarde, de Fitopatología y Microbiología Industrial, que sirvieron para establecer un mayor contacto, si cabe, entre el Departamento de Ciencias y la Sección del Zaidín. De la misma forma nos hacía participar a menudo, en las clases que le correspondían de acuerdo con la especialidad de cada uno.

Siempre se consideró y fue considerado como persona del Consejo, y muy grata, tanto en Granada como durante su estancia en Sevilla, donde fue nombrado Jefe de la Sección de Bioquímica y Microbiología de la Estación del Cuarto, hoy Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología.

No creo exagerar, si estas mis penúltimas palabras, las pronuncio en nombre de todas las personas que en la Estación Experimental del Zaidín tuvieron la oportunidad y dicha de conocerle y tratarle, y como se dice muchas veces, sin distinción de condición, sexo y edad. Al respeto que todos le hemos tenido como profesional, se ha unido siempre el cariño compartido. Si a primera vista parecía distante, en el fondo no era más que una defensa que cubría su mucha disponibilidad y amabilidad para todos.

Y dije mis penúltimas palabras, porque quiero acabar dirigiendome a Mary Lola y sus hijos. Hay quien ha dicho de Enrique que, dadas sus cualidades intelectuales, podía haber llegado más lejos. Pero los que hemos tenido la suerte de conocerle bien, sabemos que estableció claramente una escala de valores en la que colocó a su familia en el primer puesto y dio de lado a todo aquello que suponía, no un esfuerzo, sino desviaciones a la linea que se había marcado. Cumplió su misión. Estuvo donde se le dijo y cuando fue necesario. No regateó esfuerzo. Esta manera de entender la vida ha hecho hoy posible que se reúna con vosotros este amplio conjunto de amigos, compañeros y discípulos que nunca le olvidarán.