Homenaje a Enrique Montoya

Homenaje a Enrique Montoya

Homenaje a Enrique Montoya

Enrique estudiante en Granada: retrato de un amigo

José Rodríguez Caro

Escuela Universitaria Politécnica, Linares (Jaén)

Mi primer encuentro con Enrique Montoya se produjo en octubre de 1946 en la antigua Facultad de Farmacia de la calle San Jerónimo de Granada. Era el primer día de clase de aquel año académico. Los dos nos disponíamos a empezar el segundo curso de farmacia. Enrique estaba recién llegado a Granada. Había estudiado primer año en la Universidad de Sevilla donde conoció a Juan Carrasco, un amigo mío de Linares. Cuando Juan supo que Enrique se trasladaba a Granada para hacer el segundo curso, le habló de mí y nos recomendó a los dos que nos conociéramos.

En la primera clase del día, cuando el profesor pasó lista y leyó la relación de alumnos, vi por primera vez a Enrique Montoya. Tenía 18 años. Yo tenía uno más, 19. Recuerdo a Enrique como un chaval moreno, tranquilo, pausado y muy delgado. Claro que decir “muy delgado” en los años 40 no era nada extraordinario. Lo llamativo habría sido estar gordo o simplemente rellenito. Al terminar la clase, nos acercamos el uno al otro y nos presentamos.

Quién nos iba a decir entonces que aquel encuentro sencillo que arregló a distancia un amigo común iba a ser el comienzo de una amistad que nos acompañaría durante 50 años. En las primeras semanas de aquel curso, presenté a Enrique a todos los compañeros del año anterior: Thomas, Pepe Porras, González Tabares, García de las Peñas, los hermanos Gómez Hacha, Eduardo Esteban, y, como no, también a las compañeras: las Cármenes, María Teresa, Juanita, Rosa, Paquita, y otras.

Mis recuerdos de aquellos años de facultad están asociados a todos estos compañeros y de forma muy especial a aquel cuarteto de amigos inseparables que formábamos Pepe Porras, Eduardo Esteban, Enrique, y yo. Todos vivíamos en el barrio de la Magdalena y recorríamos diariamente la calle Alhóndiga, Jardines, Párraga y la placeta de Gracia, puerta entonces de la Vega de Granada. En la placeta, y sobre su suelo de tierra jugábamos al fútbol, deporte en el que Enrique resultaba ser un magnífico portero. (El problema de su pierna nunca supuso un gran lastre para desarrollar actividades físicas de todo tipo).

Eran muchísimas las cosas que compartíamos. Sin duda, era curiosa la forma en que nos organizábamos para tomar apuntes de clase. Pepe y Eduardo, que eran mayores que nosotros, tomaban nota de todo lo que decían profesores y alumnos. Mi tarea consistía en recabar toda la información que se escribiera en la pizarra. El papel de Enrique era el más selecto. Todos reconocíamos que era el que tenía más capacidad de síntesis y mejor memoria. Por eso, en clase, sólo tenía que escuchar. Después, con la ayuda de nuestras notas, y algunos textos, dictaba la versión final que Pepe o yo, escribíamos con lápiz, (a falta de bolígrafos) utilizando un papel de calco. Conservábamos el original y mandábamos la copia extra a la residencia femenina del Santo Angel donde vivía un grupo de compañeras de clase. Y así, y dicho sea con toda humildad, se hicieron famosos nuestros apuntes de Química Orgánica, Bioquímica, o Microbiología.

Manejar una sola copia de los apuntes de clase era una buena excusa para estudiar muchas noches juntos. Todavía conservo la imagen del joven Enrique estudiando. Cuando estaba absorto y totalmente concentrado, hacía girar entre los dedos una caja de cerillas. Si paraba, es porque quería contarnos lo que estaba pensando. Y, desde luego, siempre encontraba la forma más sencilla y eficaz de hacerlo.

Enrique era, como buen cordobés, serio, senequista, profundo, y callado. No era amigo de la broma si rozaba el mal gusto. Era desprendido y le gustaba compartirlo todo.

Desde aquel segundo curso en que nos conocimos y hasta el final de la carrera, comprábamos los libros a medias. Nuestras economías no eran nada boyantes. Mi presupuesto diario para dinero de bolsillo era de una peseta. Así que desencuadernábamos los libros y nos los repartíamos por cuadernillos. Después, nos los intercambiábamos para estudiar. Una vez terminado el curso, metíamos todos los cuadernillos sueltos en sus tapas, los atábamos con una goma elástica, y se los dábamos a una compañera que los volvía a vender. Por increíble que parezca, nuestra compañera conseguía que algunas notas de clase, que habíamos escrito en los márgenes, se consideraran un valor añadido que revalorizaran el libro. De esta forma, aquellos cuadernillos usados y desvencijados, volvían a venderse por el mismo precio al que los habíamos comprado.

Sin duda eran años de escasez. Juan Eslava Galán, en su libro “La historia de España contada para escépticos” los describe de una forma muy gráfica con las siguientes palabras: “El hambre y el estraperlo fueron el acompañamiento de una década de miseria y sufrimiento, epidemias, sarna, chinches, piojos grises, estilográficas a plazos, lámparas de carburo y gasógenos, talleres de restauración de cepillos de dientes y de carreras de medias… tranvías abarrotados, trajes vueltos, retales, sobras, etc…” Recuerdo que la primera vez que leí esta cita, pensé ‘sí, chinches… y qué chinches las de Granada’

El hambre era otra dura realidad. Enrique conseguía traer alguna comida desde Córdoba. Yo traía bastante aceite de oliva de Linares. Continuamente comíamos pan mojado en aceite con azúcar. Más que comer, se diría que bebíamos aceite. Era tal nuestra afición al pan con aceite que Enrique y yo nos ganamos algún que otro apelativo cariñoso por ello.

Enrique, como todos nosotros, hizo mucha vida en casa de Eduardo, el único granadino de aquel cuarteto. Su familia nos abrió la casa de par en par y muchos días nos reunimos para estudiar, cantar, oír música y, gracias a la bondad de Doña Lola, madre de Eduardo, llenar nuestros enflaquecidos estómagos. Solíamos bromear sobre el jamón, artículo de lujo por excelencia, absolutamente fuera de nuestro alcance. Para Doña Lola, el jamón era una fuente inagotable de chistes. Solía decir que el día que acabáramos la carrera teníamos que celebrarlo con una comida que consistiera en jamón de primer plato, jamón de segundo, y jamón de postre.

En estas reuniones en casa de Eduardo coincidíamos con grupos de estudiantes que ensayaban con instrumentos de cuerda. Formamos con ellos un pequeño grupo para dar serenatas nocturnas en las residencias femeninas de Granada los fines de semana. Enrique resultó ser un buen barítono. No se prodigaba mucho, pero cuando se lanzaba, le gustaba arrancarse por los Panchos. Estas serenatas nocturnas no estaban exentas de cierto riesgo en una época en la que el derecho de asociación y reunión estaba muy restringido. Sin embargo, siempre tuvimos suerte. La policía nos obligó a retirarnos solamente una noche. Tendremos que pensar que tampoco lo hacíamos tan mal.

Enrique era un gran amante de la verdad y de la amistad. Desde su juventud, fue, para mí, un amigo leal. Visitábamos a nuestras respectivas familias tres veces a lo largo del curso académico: En Navidad, Semana Santa y verano. Como los viajes duraban todo el día, nos proporcionaban comida para el tren. (Quizá a algunos de ustedes les produzca cierta hilaridad mis continuas alusiones a lo que comíamos. Pero yo les aseguro que la escasez de comida constituye para cualquier estudiante de aquella época un recuerdo siempre nítido). Al finalizar los viajes, ya en Granada, siempre se repetía el mismo ritual. Primero, compartíamos la comida que hubiera sobrado del viaje y, después, nos íbamos al cine. No sabíamos qué película íbamos a ver hasta que llegábamos a la mismísima taquilla.

Recuerdo un febrero del 48 en que fuimos al cine Olimpia en Gran Vía, frente al banco de España. Teníamos 20 años y el título de la película era, entonces, absolutamente desconocido para nosotros: “Gilda”. La vimos y nos encantó. Aquí habría acabado esta anécdota si no fuera porque al día siguiente se produjeron unos atentados contra el cine y la censura prohibió la proyección de la película que fue retirada en toda España.

Recuerdo cómo Enrique pasó horas analizando la película para encontrar los motivos que podían haber provocado tal exceso de celo censor. Finalmente llegamos a la conclusión de que la causa debía estar en la escena en que Rita Hayworth se despojaba voluptuosamente de su guante o quizá en la famosa bofetada que le propinaba Glenn Ford.

Enrique era un hombre serio de humor inteligente. Cuando preparábamos herbarios para la clase de botánica, hacíamos largos recorridos por la vega de Granada, riberas del Genil y bosques de la Alhambra. Un día, a la vuelta de uno de estos recorridos exclamó con tono irónico. “Lo que más me gusta de estos paseos es lo alegres que son. Aquí estamos entrando a Granada por el camino del cementerio después de haber salido por el paseo de los tristes”.

A partir del tercer curso, fuimos ayudantes de clases prácticas, con el profesor Mascaró en Química Orgánica. Aquella fue experiencia enriquecedora donde Enrique aprendió a moverse con gran soltura en el laboratorio y a desarrollar su faceta docente. El decano y profesor titular de Farmacia Galénica, el profesor García Vélez nos puso en manos del profesor Guardiola con quien aprendimos la preparación de fórmulas magistrales y análisis de productos medicamentosos. Asimismo, en el laboratorio de Microbiología, trabajó primero con el profesor Vigaray y al año siguiente, con el profesor D. Vicente Callao, su admirado maestro, que se hizo cargo de la cátedra y de nosotros con ella.

A lo largo de esos años, Enrique no sólo colaboró ilusionadamente en el montaje de las clases prácticas sino que, además, inició sus primeras andaduras en el campo de la investigación, un campo que posteriormente le valdría para mostrar todo su genio.

Acabamos la carrera en junio de 1951. Había que celebrarlo y Doña Lola, la madre de Eduardo, nos invitó una vez más a su casa. El menú era el prometido. Todos los platos tenían jamón como ingrediente. Primer plato, sopa con jamón. Segundo, trucha a la navarra y san jacobo. De postre, jamón dulce con cabello de ángel.

A Enrique nunca le dije adiós. La vida nos fue haciendo coincidir en distintas ocasiones. Durante muchos años, los dos fuimos miembros del Claustro de la Universidad de Granada. Nuestros encuentros volvieron a ser frecuentes hasta mi jubilación. Si un compañero nos puso en contacto la primera vez, otro conocido de ambos, el profesor Nicolás López Calera, fue el que me dio la fatal noticia de su fallecimiento. Habían pasado justamente 50 años desde aquel lejano día en que al pasar lista en clase, un chaval delgado de 18 años contestara al oír su nombre: Enrique Montoya. Un nombre que, más tarde, sería conocido por sus grandes logros científicos. Logros que llenaron de sentido la vida de quien fue mi amigo.