Enrique, en Sevilla

Enrique, en Sevilla

Enrique, en Sevilla

En mi calidad de jubilado y, por tanto, ya bastante desvinculado del diario quehacer universitario, con sólo esporádicos encuentros con los antiguos compañeros y tras el lapso obligado de las vacaciones navideñas, no me enteré hasta mediado el mes de enero de que había perdido a mi antiguo compañero y, mucho más, querido amigo. Alguien, en la Real Academia, me dió sin preámbulos la noticia de su muerte que, por lo inesperada, me produjo gran estupor y profunda tristeza. Por una serie de circunstancias, aun siendo un poco más viejo que él (aunque las diferencias de edad se van atenuando con los años), nuestras biografías profesionales fueron casi paralelas, como algunas veces habíamos comentado.

Por eso, agradezco tanto que se me haya invitado a participar en este “Acto de homenaje” en recuerdo de este hombre singular, tan humano, tan inteligente, tan laborioso, al que los avatares de la vida enviaron a la Universidad de Sevilla para participar activamente en la puesta en marcha de una Sección de Biológicas que, por su prematuriedad, constituyó un hito ejemplar en toda la serie de Secciones y Facultades de Biológicas que después se sucedieron en las Universidades españolas.

Aunque ya había oido hablar de Enrique Montoya en muchas ocasiones, nuestro primer contacto tuvo lugar en la primavera de 1957 (hace, precisamente ahora, cuarenta años), cuando coincidimos ambos como opositores a unas plazas de Colaboradores Científicos del CSIC. Allí nos juntamos una serie de jóvenes (y algunos ya no tan jóvenes), que veníamos de hacer nuestras carreras en las Universidades de la postguerra, bastante desmanteladas, empobrecidas material y culturalmente y carentes de lo imprescindible (y no digamos de lo prescindible). Pertenecíamos a unas generaciones que, debido a los cambios sociales a nivel nacional y mundial, habían sufrido (y empleo el término en sus dos principales acepciones, especialmente en la segunda: “sentir un daño moral”), habían sufrido, digo, las turbulencias políticas por las que había pasado España desde nuestra infancia. Sin embargo, gracias al inestimable tesoro de nuestra juventud y a la eficiente ayuda del CSIC que, así hay que reconocerlo, disfrutaba dentro de la penuria reinante de un trato de favor que se escatimaba a las Universidades, conseguimos salir adelante.

Me llamó la atención que, en nuestras conversaciones a la puerta del aula donde se celebraban los ejercicios, en las que conversábamos sobre tal o cual tema, Enrique Montoya se mantenía tranquilo, calmoso, risueño, con la seguridad del que acude a una prueba con la lección bien aprendida. Incluso se permitía bromear con los demás, en un ambiente en cierto modo tenso que se prestaba a pocas bromas. Pero, a medida que progresaba la lectura pública de los ejercicios se iba perfilando su evidente superioridad, por su inteligente enfoque de los temas, su ponderado análisis científico y su gran dominio de los conocimientos biológicos. Huelga decir que, terminadas las pruebas y conocidos los resultados, Montoya apareció en la lista con el indiscutible número uno, sobresaliendo entre todos como lo que era: un joven e inteligente investigador que, en el transcurrir de los años, alcanzaría gran notoriedad científica y docente. Entonces empecé a respetar y conocer al que sería más tarde mi gran amigo.

Así conseguimos entrar en los cuadros investigadores de la administración, pero en muchos de nosotros vivía latente el impulso de satisfacer nuestra vocación de magisterio universitario. Pero, hacía años que la Universidad española permanecía estática, en especial en lo referente a la creación de nuevas Facultades y Secciones, con sus correspondientes cátedras, que sólo se dotaban con cuentagotas y con no pocos recelos, siempre dentro de la tónica restrictiva gubernamental, con una actitud expectante (más bien, vigilante) bastante injustificada.

Finalmente, en 1964, el gobierno, abrumado por desórdenes universitarios que encontraban apropiado caldo de cultivo en la masificación de los centross de enseñanza, amplió el número de Facultades universitarias y creó nuevas Secciones, cuyas cátedras ocupamos una serie de doctores (muchos de nosotros procedentes del CSIC) ya con la suficiente preparación para desempeñarlas. Entre ellas, las de las Secciones de Biológicas, que sólo existían entonces en Madrid y Barcelona. Se creó, pues, la Sección de Biológicas en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Sevilla, impulsada tenazmente por un ilustre granadino, afincado en Sevilla, D. Francisco González García, catedrático de Química Inorgánica y en aquél tiempo decano, que es la persona a quien en justicia hay que atribuir el éxito de su creación y su funcionamiento. Los demás, catedráticos jóvenes y animosos, no fuimos más que sus eficaces colaboradores.

Rápidamente, con la ayuda de toda la Facultad de Ciencias (cuyos compañeros, entre ellos también varios granadinos, como García González o Francisco Pino, nos acogieron con gran cordialidad, prestándonos su apoyo), se cubrieron las primeras cátedras, por orden de prelación. En diciembre de 1965 yo ocupé la de Botánica; en marzo de 1966, Salvador Peris la de Zoología; en marzo de 1967, Enrique Montoya la de Microbiología y unos días más tarde, Manuel Losada la de Bioquímica. Años después se incorporaron González Bernáldez en Ecología, Fernández López-Saez en Citología, Cerdá Olmedo (otro granadino) en Genética, etc.

De los cuatro “pioneros”, tres nos habíamos formado en Madrid y ya existían entre nosotros fuertes vínculos de amistad. Con Enrique Montoya sólo habíamos tenido contactos esporádicos resultantes de nuestra actividad profesional; eso podría quizá haber motivado cierto apartamiento o desvinculación del grupo, pero ahí demostró Enrique su gran calidad humana. Se integró plenamente a los demás, con los que inmediatamente se sintió cómodo, y nosotros con él. No recuerdo de esa época ninguna discrepancia, pues todos (con frase de Ramón y Cajal), “conspirábamos a un mismo fin”.

Enrique vino acompañado de su discípulo Enrique García Máiquez, que le ayudó en sus primeras tareas universitarias. Como dejó su familia en Granada se alojó en el Colegio Mayor Hernando Colón, y también allí se unió enseguida a la colectividad de colegiales, alumnos y profesores, dejando un recuerdo que ha perdurado muchos años. En octubre de 1967 empezó a impartir clases de Microbiología y de Biología, porque ante la escasez de docentes, a todos nos tocaba ocuparnos de más de una asignatura. Disponía de un único local, que era al mismo tiempo despacho, laboratorio de investigación y laboratorio de prácticas, en el cual, en buena armonía, cada uno se acomodaba como podía. Siempre, sin una sola queja. En esta primera época dirigió desde Sevilla una tesis en Granada y terminó algunos trabajos que había dejado allí a medias. Después, empezó a reclutar colaboradores, algunos de los cuales le siguieron después a Granada. Pero lo que más me impresionaba era su facilidad para conectar con el alumnado, que pronto supo captar el talante humano e intelectual del nuevo catedrático. Por eso, su labor docente en Sevilla fue tan fructífera, a pesar del poco tiempo que allí permaneció.

En aquellos años se fortaleció mucho nuestra amistad, siendo siempre mi colaborador y consejero, y en el difícil trato de la convivencia universitaria (especialmente cuando fuí decano), actuaba muchas veces de mediador. Como hace treinta años las comunicaciones no eran tan fáciles como lo son ahora, y el viaje en tren de Sevilla a Granada era muy penoso, con transbordos y todo, y las carreteras complicadas, nuestro amigo, que además no tenía automóvil, no visitaba a su familia con la asiduidad que hubiera deseado, ni tampoco los suyos lo tenían fácil para visitarle en Sevilla (aunque Mari Loli, su esposa, venía de vez en cuando), pasó algunos ratos malos añorando la vida familiar. Además, por entonces, falleció su madre en Córdoba. Sus amigos procurábamos aliviar su soledad; venía a casa con frecuencia y más de una vez me acompañó a las excursiones botánicas con los alumnos, salvando ágilmente su dificultad para moverse entre los riscos. En cualquier caso, su estancia en Sevilla le ocasionó un gran trauma afectivo que soportó con gran entereza, sin lamentos, con el estoicismo de Séneca, su paisano cordobés.

Todas esas circunstancias fueron, sin duda, las que le aconsejaron comprar un piso con la idea de traerse a los suyos a Sevilla, con gran satisfacción para mí, pues eso suponía la garantía de una larga permanencia entre nosotros, ya que siempre me asaltaba el temor de que sucediese lo inevitable: su regreso a Granada.

Finalmente, los granadinos, que no cejaban en su empeño de recuperar a su compañero perdido, consiguieron su propósito, y en marzo de 1970 Enrique Montoya fue trasladado a la Universidad de Granada, a una cátedra de Microbiología de nueva creación. Pero tuvo la delicadeza de terminar el curso con nosotros, permaneciendo hasta el mes de octubre. Antes, vendió su piso recién comprado, sin estrenar.

El potencial científico y docente de nuestra joven Sección de Biológicas se debilitó seriamente con su marcha. Además, habíamos perdido el trato diario con el amigo y compañero con el que compartíamos los desvelos y preocupaciones por impartir una buena docencia. Sin embargo, no podíamos menos de reconocer que la Universidad de Granada había procedido con toda lógica al recuperar a una persona de tanta valía. Al fin y al cabo, los granadinos, que tanto, unos y otros, como ha quedado aquí patente, habían participado en la creación de nuestra Sección, no habían hecho más que recuperar un “préstamo” que había durado tres años largos en los que nos había prestado inestimables servicios.

Mis temores se confirmaron. Después de la marcha de Enrique, la Sección de Biológicas de Sevilla ya no fue la misma. Se marcharon también Peris, González Bernáldez, López Sáez, y yo mismo me marché; y vinieron otros, quizá mas competentes que nosotros, a suplir las ausencias. Pero aquel espíritu de compañerismo, de amistad, aquella ilusión por crear algo nuevo y renovado, se debilitó notablemente con la marcha de nuestro amigo. Quedó, sin embargo, la huella imborrable de su estancia en la Universidad de Sevilla.