El amigo y el maestro vuelve a Granada

El amigo y el maestro vuelve a GranadaCuando me propusieron si podría dedicar unos recuerdos a la entrañable figura del Prof. Montoya Gómez ¿cómo iba a negarme ?. Y sin embargo, algo frenaba cualquier entusiasmo ; ¿por qué ?. La respuesta podía ser larga, tan molestamente larga como la amistad de la que me alegro haber podido compartir. Era la contraposición entre acudir a la postrer mirada, segura para Enrique más los suyos y esa dificultad que siempre hallamos, al encontrarnos frente al sentimiento : de la pupila inmensa y sin diafragma, que redivive aquello que nos fue y ahora nos falta ; tragos de una instantánea con flores de amistad, pisar por el recuerdo del amigo.

Unos minutos, podrían ser muy pocos y pueden sobrar todos. Las improntas, mucho que comprometan , fragmentan el encanto de aquel vivir continuo y lo evanescen. Sería, como romper lo que aún es denso, y de ahí la duda . El recuerdo nos suda entre las palmas, así es siempre, pretendiendo quedarse, aunque al final se seca ; pero Enrique, nos resulta tan cerca, que es como un algo, en parte aún percibido, o aún caliente, aunque ya esté en la sombra ese sabor que aún danza y va silbando, allí de su despacho a los pasillos, en algo que se agranda y se dilata a falta de matices.

¿Cómo es que fue del hombre ?. Vivir en la docencia ¿maestro en qué ? : en su perpetua incógnita de aquel mirar profundo, y párpado entreabierto con su sonrisa franca o carcajada ; tabaquero continuo, sí, a veces incluyendo un golpe de cayado , y al fondo sus silencios. Callar de verde luna, moreno el pensamiento y su ironía.

Yo me enteré de Enrique y sus dolencias, haciendo oposiciones en “la Corte”. Un cordobés, brindando manzanillas cerca del Guadarrama, ahí es “ná”. No escuché de su aroma, más bien supe de críticas, lucha de oposiciones (yo tan sólo un escucha). Después me encontré al hombre, el amigo, al maestro ya en Granada : Brillo sin galería, como la claridad de los conceptos cuando valen la pena ; corto en el juicio amargo ; suave en la comprensión ; el corazón abierto, más rápido en llegar con el afecto que en sumar ambiciones. Era de esos que enseña sin enseñar la pata (y no va de ironía). Sabía estar, ese arte tan escaso ausente la hojarasca, con algo aún más difícil : saber ser. Convicciones de forma y de criterio, sentido universal y religioso ; la puerta de su mente siempre abierta a cualquier sugerencia. Jamás escuché alguno que no hablara bien de él (y mira que es difícil !, andando entre espesores….).

Fue cercano al 70, cuando aquella jarbeta de la Sección biológica se adentraba en la mar y allí subió Montoya. Volvía a su Granada, en el deseo sincero, añorado de amigos, sin más afectaciones y a cumplir. Así lo hizo en sus cursos, derramando en el tiempo, por su escuela inmediata, algo, que ojalá no se pierda : hombres de bien… Ocupó varios cargos, como consta en archivos; llegó a Vicerrector y no fue más arriba , tal vez (saber oculto) porque no pudo, no supo o no quiso emborronar más folios en “su cuenta”. Esto era así, muchos, bien que lo saben : si en algo se fregaba era para servir, sin doblez, ni sombras inalámbrica y dedos siempre al viento ; era bueno…. lo saben cuantos que fueron suyos, sus hijos, Marilola , y hasta el tope, su escuela.

Me contaba hace poco, uno de sus cercanos, que en este mismo año, pasadas las zozobras, de ese precipitado jubileo que se inventó el diablo, había iniciado el curso con redoblados proyectos e ilusiones. Algunos detectábamos, cuando le veíamos cruzar la Facultad, esa erosión del viento ávido en calendarios que arrebata intenciones, tal, agrandaba el mérito. Saber por experiencia que hay un puerto y a pesar de la nube, proseguir entregado a la faena, con ilusión de pesca y a la proa, en la postrer lección definitiva . Amar definitivo, sin metro y sin programa cicatero. No existió conclusión para el maestro, fue un regalo del cielo, poder marcharse abiertas las ventanas, en un sabor continuo, sin medida. Sobre su mesa azul hay tres lecciones : las del amigo, el hombre y el maestro.