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Recuerdo de sus alumnos

Recuerdo de sus alumnos

Recuerdo de sus alumnos

El curso 1970-71 es de fácil recuerdo para los que en aquellas fechas ejercíamos de alumnos universitarios. Eran tiempos en los que la Universidad asumía su cuota de rebeldía social y en los que cualquier Ley que se preciara de tal -y más aún si afectaba directamente a la institución- era recibida con una contestación sin paliativos. Y así ocurrió con la Ley General de Educación de Villar Palasí, que desencadenó la correspondiente, y probablemente prevista, huelga “indefinida” en el ámbito universitario. Hoy, en la distancia, uno sigue en la duda de si el término “indefinida” significaba que no se determinaba su final o que no se definía de manera clara su motivo. En cualquier caso, los universitarios españoles expresábamos, con cierto retraso, el inconformismo de mayo del 68 y experimentábamos, algunos por primera vez, la sensación de un protagonismo social que resultaba satisfactoriamente excitante.

En este contexto, y con las pocas clases que tuvieron ocasión de impartir, era improbable que los profesores encargados de la docencia de tercer curso de Ciencias Biológicas en la Universidad de Granada causaran una impresión significativa entre sus alumnos. Y sin embargo, al menos para quien esto escribe, el profesor D. Enrique Montoya Gómez sí lo hizo.

Cuando uno intenta recordar los motivos de ese especial recuerdo para el profesor de Microbiología en un año tan plagado de intensas sensaciones, no acierta a definirlos con claridad, pero siempre termina reconociendo algo indefinido en la figura del profesor Montoya, algo que el tiempo y el trato posterior han tenido ocasión de concretar: el reflejo de una persona para quien el término “Universidad” significaba algo más que una palabra.

Tengo que reconocer que la oportunidad que he tenido de tratar a D. Enrique a lo largo de casi 25 años desde el estamento docente, después de dejar las aulas en las que ejercí como alumno, me proporciona una posibilidad más amplia y reposada para plasmar su imagen de profesor. La visión que un alumno tiene de sus profesores muchas veces resulta mediatizada por la experiencia particular con la asignatura en cuestión: cada cual tiende a contar la batalla según le fue. En mi caso, aunque de entrada la batalla no me fue mal, el trato posterior con D. Enrique me ha permitido completar la opinión de mis años discentes con la visión de un compañero que lo ha visto actuar como profesor a lo largo de mucho tiempo, que ha podido recoger opiniones de varias promociones de biólogos y que ha tenido la satisfacción de compartir con él experiencias docentes y universitarias de diversa índole.

La impresión inicial que un alumno podía tener del profesor Montoya, si nos atenemos a la clasificación primaria entre profesores “duros” y “mogollones”, era su pertenencia a la primera categoría. Efectivamente, D. Enrique no fue nunca un profesor “fácil” y, de hecho, la microbiología se configuró desde el principio como una de las asignaturas más serias de la licenciatura. Tan “seria” que, para algunos compañeros de las primeras promociones, su aprobado significó la consecución del Título de Licenciado, al haberla dejado como última asignatura por examinarse.

Curiosamente, incluso en estos casos, no se solía hablar mal de D. Enrique ya que el mantener la asignatura “colgada” hasta el final de la carrera era mas bien fruto de no decidirse a presentarse que de haberla suspendido muchas veces. Y en esta decisión pesaba más el convencimiento de que era una asignatura que había que llevar bien preparada -donde la probabilidad estadística de que “sonara la flauta” en un examen era mínima- que la opinión de que su profesor fuera especialmente problemático o conflictivo.

La realidad es que D. Enrique no era -nunca lo fue- un profesor duro, sino exigente. Y la exigencia, aún prefiriendo desde la posición de un alumno que no se ejerza, nunca podrá ser racionalmente criticada. Menos aún si va, como en este caso lo iba, acompañada de una entrega total a su labor docente.

La exigencia de D. Enrique para con los alumnos estaba basada en el gran respeto que le inspiraban. Eso, que para un alumno es a veces difícil de reconocer (más aun si ese respeto y esa exigencia le suponen suspender una materia), es algo que he tenido la ocasión de confirmar a lo largo de los años. Para D. Enrique un alumno era una persona adulta a la que se le supone un interés por conseguir unos conocimientos que le permitan el ejercicio de su profesión futura con responsabilidad. Bajo esa perspectiva, había que exigirle que ejerciera esa reponsabilidad durante su etapa formativa y que se preocupara, con esfuerzo, de adquirir esos conocimientos.

Este respeto por el alumno es, posiblemente, uno de los rasgos que mejor define la figura de D. Enrique en su aspecto docente y que ha sido siempre reconocido por sus alumnos, independientemente de como “les hubiera ido la batalla”. A lo largo de los años uno ha oído muchos comentarios sobre su comportamiento -tanto de los propios compañeros como de alumnos de diversas promociones- pero nunca escuche una queja sobre trato injusto, despectivo o desconsiderado. Siempre tuvo fama de profesor exigente, pero cordial. Duro, pero justo. Inflexible, pero asequible. Y, en cualquier caso, nadie puso nunca en duda su total dedicación como justificada contrapartida a esa exigencia.

Si en la primera clasificación del profesorado D. Enrique quedaba claramente ubicado, en una secundaria entre profesores “buenos” y “malos” (en el aspecto docente, que no de película) también fue siempre reconocido como un buen profesor. Con este calificativo se le posicionaba en el grupo de aquellos docentes cuyas clases eran comprensibles, claras y estructuradas (en el argot, eran clases de poca entropía). Eso sí, con un volumen de información que muchas veces superaba los tres folios. Reconozco que esta medida es puramente personal y escasamente indicativa, pero sirva como referencia que en mi caso -decantado por un sistema esquemático de toma de apuntes y ayudado por mi letra pequeña- era difícil que una clase superara los dos folios. El resultado se reflejaba en un reconocimiento casi instantáneo de los apuntes de Micro entre los de las restantes materias por su, a veces desanimante, espesor y un particular agotamiento del brazo derecho (en otros compañeros era el izquierdo) después de sus clases.

En mi recuerdo, las escasa clases de Microbiología que tuvo ocasión de impartirnos y, mejor aún, las de Virología e Inmunología aparecen como clases intensas, con mucha información, donde los aspectos científicos y experimentales constituían una parte esencial de su desarrollo. Era frecuente tener que memorizar diversos diseños y resultados experimentales como reflejo de la explicación del como era una pared bacteriana o del por qué el complemento actuaba poniendose de parte del organismo para defenderlo de agresiones externas.

Esto, que quizás hoy día pueda resultar común en la docencia de una ciencia experimental como es la Biología, no lo era tanto en unos años donde la aportación científica de la Universidad española no era tan significativa. Que la trayectoria científica de D. Enrique y su vinculación al C.S.I.C. tuviera mucho que ver en la concepción de sus clases resulta, posiblemente, obvio. Pero, en todo caso, sirvió, aparte de para complicarnos las clases, para enseñarnos que los conocimientos que normalmente se nos transmitía se sustentaban en experiencias y resultados que frecuentemente tardaban años en conseguirse y que los que ayer resultaba obvio, hoy quedaba en entredicho y mañana, quizás, francamente obsoleto. Con ello, a muchos de nosotros, además de enseñarnos como eran las bacterias y los virus, nos descubrió la existencia de una vertiente investigadora en la actividad universitaria que había que procurar transmitir también a los alumnos como parte integrante de su formación.

Pero para D. Enrique la docencia, que constituía una parte sustancial de su labor diaria, no era solo formar buenos alumnos en las aulas, sino también preocuparse e implicarse en todos los aspectos de la vida universitaria que pudieran contribuir a potenciarla. Ello es algo que quizás pasa más desapercibido para los alumnos, pero que los compañeros que convivíamos con él de puertas adentro conocíamos y valorábamos en su justa medida.

Desde el principio, se implicó intensamente en la constitución de la Sección de Biología de la Facultad de Ciencias, trabajando activamente porque los estudios de Biológicas tuvieran un nivel elevado y contaran con medios adecuados. No solo fue uno de los primeros catedráticos que contribuyó a dar forma a esta Licenciatura que hoy nos parece a todos que lleva una eternidad desarrollándose en Granada, sino que asumió en varias ocasiones la Dirección de la Junta de Sección, lo que en última instancia significaba problemas añadidos con los alumnos y a veces con los propios compañeros docentes, muchos de los cuales -yo diría que casi la mayoría- pertenecíamos entonces a la añeja categoría de Profesores No Numerarios.

También a actividades de este tipo supo D. Enrique trasladar ese principio de respeto por las personas que antes comentaba en su trato con el alumno. Siempre supo defender sus posiciones, pero nunca dejó de asumir con responsabilidad el resultado que arrojaba la opinión de la mayoría. En este aspecto terminó incluso consiguiendo el reconocimiento final de algunos antiguos alumnos -entonces ya implicados en tareas docentes- que hubieron de acabar por reconocer su honestidad y su respeto a los demás. Para los que de una forma u otra hemos tenido que asumir responsabilidades de gestión a lo largo de estos años en relación con la Biología, sabemos del esfuerzo y dedicación que ello requiere y de lo difícil que resulta trabajar en este campo sin terminar enfrentado con profesores o alumnos. Y, aquí también, curiosamente D. Enrique lo conseguía.

A quien esto escribe le ha cabido la suerte de tener en D. Enrique Montoya a un gran profesor. Me siento orgulloso de haber sido su alumno durante mi carrera y de haber seguido siendolo a lo largo de los años en otros aspectos menos tangibles, pero no por ello menos importantes. Para muchos de nosotros D. Enrique no solo nos enseñó Micro, Virología e Inmunología, sino que también nos enseñó a ser universitarios. Nos enseño responsabilidad y dedicación a nuestra labor docente. Nos enseñó respeto e interés hacia los alumnos que pasan por nuestras aulas. Nos enseñó a ilusionarnos con nuestro trabajo y nuestra profesión. Nos enseñó a convivir en el respeto a las ideas y a las personas. Nos enseñó, en fin, que la convicción no está reñida con la tolerancia.

Ha sido, sin duda, alguien que consiguió lo que todos aspiramos lograr en nuestra labor docente: dejar huella. Podrá haber sido más o menos apreciado, entre otras cosas por obvias razones de proximidad o amistad, pero fue y será siempre respetado por todos como una persona intachable con una dedicación a su labor docente fuera de toda duda. Los estudios de Biología de la Universidad de Granada han tenido el orgullo -y naturalmente, la suerte- de contar con un Profesor como D. Enrique en los primeros 25 años de su historia. Yo estoy convencido de que ello ha sido un lujo que, ojalá, se repita.

Enrique como amigo, Vicerrector y Académico

Enrique como amigo, Vicerrector y Académico

Enrique como amigo, Vicerrector y Académico

Cuando la Comisión Organizadora de este homenaje al Prof. Montoya solicitó mi intervención en el mismo para reflejar su faceta humana como Vicerrector y como Académico de Ciencias, la primera impresión que invadió mi ánimo fue la de la justa necesidad de este homenaje a su memoria y la de un especial y emotivo recuerdo de un gran compañero, un excelente y eficaz colaborador y, sobre todo, un fiel y entrañable amigo.

Por todo lo anterior, y a riesgo de ser reiterativo en algunos aspectos que ya han sido resaltados por otros oradores que me han precedido, tengo que ampliar los límites de las facetas que me fueron señaladas por la Comisión Organizadora.

Conocí al Profesor Montoya en el año 1.955, hace ahora cuarenta y dos años, cuando él ya estaba vinculado a la Facultad de Farmacia de Granada como Profesor Ayudante y como Colaborador Científico interino del Instituto de Edafología y Biología Vegetal, del C.S.I.C., y se hospedaba, en calidad de Profesor residente, en el Colegio Mayor Isabel la Católica, del que yo era a la sazón Vicedirector.

Entre el numeroso grupo de jóvenes profesores que allí convivíamos, constituido por el grupo directivo del Colegio y por los Profesores residentes, Enrique Montoya destacaba por su gran capacidad de trabajo, por su inteligencia y por su exhaustiva dedicación a las tareas universitarias. Al contraer yo matrimonio y desplazarme a Estados Unidos, pasó él a ocupar un puesto en la Directiva del Colegio como Superior Administrador del mismo.

Pasaron los años, durante los que él consiguió una sólida formación universitaria y tuve la satisfacción de asistir a la votación del Tribunal que le otorgó, muy merecidamente, en el Salón de Actos del C.S.I.C., la plaza de Catedrático Numerario de Microbiología de la Facultad de Ciencias de Sevilla, de la que tomó posesión en 1.967.

Conociendo la valía del Profesor Montoya, bien demostrada en la labor que estaba desarrollando en la Universidad de Sevilla, y aprovechando la creación entonces de la Sesión de Biológicas en esta Facultad de Ciencias de Granada, no nos fue difícil, desde el Decanato, abrirle el camino para que pudiese tomar posesión de la Cátedra de Microbiología en Granada el día 18 de febrero de 1.979, Cátedra que ha ejercido con gran eficacia y brillantez durante 27 años, hasta la fecha de su fallecimiento, el día 9 de diciembre de 1.996.

Cuando yo tomé posesión del Rectorado de esta Universidad, en septiembre de 1.972, solamente se disponía de dos Vicerrectorados y entonces consideré necesaria la creación de un tercer Vicerrectorado, que se ocuparía específicamente de los asuntos económicos de la Universidad. Al solicitarle su colaboración como nuevo y primer Vicerrector de Asuntos Económicos no dudó el Profesor Montoya en aceptar el cargo, que ocupo y ejerció con especial eficacia, en momentos en los que hubieron de crearse nuevas estructuras y acomodarse algunos servicios en el área de gestión económica de la Universidad, con motivo de la implantación y desarrollo de la entonces nueva Ley General de Educación. Su labor frente a ese Vicerrectorado fue excelente, como ya he indicado, y estuvo presidida por esa inteligente ponderación que siempre le caracterizó a lo largo de toda su vida.

Al terminar su gestión, en octubre de 1.976, le propusimos para su ingreso en la Orden Civil de Alfonso X el Sabio y se le concedió por el Ministerio de Educación y Ciencia la Encomienda con Placa de la citada Orden, siendo Secretario de Estado de Universidades el ilustre profesor D. Manuel Cobo del Rosal.

Cuando en julio de 1.976 fue creada en Granada la Academia de Ciencias Matemáticas, Físico-Químicas y Naturales, dado su indudable prestigio científico, fue designado Académico cofundador, en la Sección de Naturales. Posteriormente, el 19 de diciembre de 1.984, fue elegido Presidente de la citada Academia, en la que destacó por su interés en la expansión de la misma, con la incorporación de nuevos Académicos, tanto Numerarios como Correspondientes, y con la creación de premios de investigación.

Lo que no pudo conseguir el profesor Montoya para la Academia fue un local digno para el desarrollo de las actividades de la misma. Ni el Presidente que le precedió, ni los que le han sucedido hasta la fecha, han podido resolver, pese a las múltiples gestiones realizadas por todos ellos, el grave problema de espacio de la misma, que continúa siendo un reto pendiente y que me atrevo a plantear aquí, delante de este ilustre cuadro de autoridades académicas.

No sin antes excusarme por esta breve y, tal vez, impertinente observación, hemos de volver a evocar la memoria del Profesor Montoya.

Sus amigos más allegados comenzamos a notar ciertos fallos en su salud, pero él nunca lo manifestaba, hasta que, transcurrido cierto tiempo, solicitó su relevo en la Presidencia de la Academia por “motivos personales”. Le fue aceptada su dimisión el 11 de octubre de 1.991 y sólo cinco meses después, el 25 de marzo de 1.992, fue sometido a una delicada operación quirúrgica, que fue salvada con éxito, pero que algo influyó en su carácter y personalidad. Continuó sus labores docentes e investigadoras con su gran vocación de siempre y con plena dedicación a las mismas, hasta que, inesperadamente falleció el día 9 de diciembre de 1.996, dejando como buen maestro que fue, un nutrido grupo de discípulos y colaboradores formados por él, que sabrán continuar y ampliar la gran labor que él desarrolló. No olviden que si él fue exigente con sus discípulos y colaboradores, es porque el mismo lo fue más aún, y siempre, consigo mismo.

Y ya he de concluir, puesto que he consumido sobradamente mi tiempo. Pero, de la misma forma que inicié mi intervención dirigiéndome a la viuda del Profesor Montoya, deseo que mis últimas palabras vayan dedicadas a ella misma y a sus hijos, como especial homenaje. Ella, Mari Lola, fue la fiel compañera de Enrique y su permanente soporte, durante treinta y ocho años, animándole siempre, desde que contrajeron matrimonio en 1.958 hasta los últimos segundos de vida de nuestro entrañable Enrique, modelo de amigo, de compañero y de maestro.

El amigo y el maestro vuelve a Granada

El amigo y el maestro vuelve a GranadaCuando me propusieron si podría dedicar unos recuerdos a la entrañable figura del Prof. Montoya Gómez ¿cómo iba a negarme ?. Y sin embargo, algo frenaba cualquier entusiasmo ; ¿por qué ?. La respuesta podía ser larga, tan molestamente larga como la amistad de la que me alegro haber podido compartir. Era la contraposición entre acudir a la postrer mirada, segura para Enrique más los suyos y esa dificultad que siempre hallamos, al encontrarnos frente al sentimiento : de la pupila inmensa y sin diafragma, que redivive aquello que nos fue y ahora nos falta ; tragos de una instantánea con flores de amistad, pisar por el recuerdo del amigo.

Unos minutos, podrían ser muy pocos y pueden sobrar todos. Las improntas, mucho que comprometan , fragmentan el encanto de aquel vivir continuo y lo evanescen. Sería, como romper lo que aún es denso, y de ahí la duda . El recuerdo nos suda entre las palmas, así es siempre, pretendiendo quedarse, aunque al final se seca ; pero Enrique, nos resulta tan cerca, que es como un algo, en parte aún percibido, o aún caliente, aunque ya esté en la sombra ese sabor que aún danza y va silbando, allí de su despacho a los pasillos, en algo que se agranda y se dilata a falta de matices.

¿Cómo es que fue del hombre ?. Vivir en la docencia ¿maestro en qué ? : en su perpetua incógnita de aquel mirar profundo, y párpado entreabierto con su sonrisa franca o carcajada ; tabaquero continuo, sí, a veces incluyendo un golpe de cayado , y al fondo sus silencios. Callar de verde luna, moreno el pensamiento y su ironía.

Yo me enteré de Enrique y sus dolencias, haciendo oposiciones en “la Corte”. Un cordobés, brindando manzanillas cerca del Guadarrama, ahí es “ná”. No escuché de su aroma, más bien supe de críticas, lucha de oposiciones (yo tan sólo un escucha). Después me encontré al hombre, el amigo, al maestro ya en Granada : Brillo sin galería, como la claridad de los conceptos cuando valen la pena ; corto en el juicio amargo ; suave en la comprensión ; el corazón abierto, más rápido en llegar con el afecto que en sumar ambiciones. Era de esos que enseña sin enseñar la pata (y no va de ironía). Sabía estar, ese arte tan escaso ausente la hojarasca, con algo aún más difícil : saber ser. Convicciones de forma y de criterio, sentido universal y religioso ; la puerta de su mente siempre abierta a cualquier sugerencia. Jamás escuché alguno que no hablara bien de él (y mira que es difícil !, andando entre espesores….).

Fue cercano al 70, cuando aquella jarbeta de la Sección biológica se adentraba en la mar y allí subió Montoya. Volvía a su Granada, en el deseo sincero, añorado de amigos, sin más afectaciones y a cumplir. Así lo hizo en sus cursos, derramando en el tiempo, por su escuela inmediata, algo, que ojalá no se pierda : hombres de bien… Ocupó varios cargos, como consta en archivos; llegó a Vicerrector y no fue más arriba , tal vez (saber oculto) porque no pudo, no supo o no quiso emborronar más folios en “su cuenta”. Esto era así, muchos, bien que lo saben : si en algo se fregaba era para servir, sin doblez, ni sombras inalámbrica y dedos siempre al viento ; era bueno…. lo saben cuantos que fueron suyos, sus hijos, Marilola , y hasta el tope, su escuela.

Me contaba hace poco, uno de sus cercanos, que en este mismo año, pasadas las zozobras, de ese precipitado jubileo que se inventó el diablo, había iniciado el curso con redoblados proyectos e ilusiones. Algunos detectábamos, cuando le veíamos cruzar la Facultad, esa erosión del viento ávido en calendarios que arrebata intenciones, tal, agrandaba el mérito. Saber por experiencia que hay un puerto y a pesar de la nube, proseguir entregado a la faena, con ilusión de pesca y a la proa, en la postrer lección definitiva . Amar definitivo, sin metro y sin programa cicatero. No existió conclusión para el maestro, fue un regalo del cielo, poder marcharse abiertas las ventanas, en un sabor continuo, sin medida. Sobre su mesa azul hay tres lecciones : las del amigo, el hombre y el maestro.

Enrique, en Sevilla

Enrique, en Sevilla

Enrique, en Sevilla

En mi calidad de jubilado y, por tanto, ya bastante desvinculado del diario quehacer universitario, con sólo esporádicos encuentros con los antiguos compañeros y tras el lapso obligado de las vacaciones navideñas, no me enteré hasta mediado el mes de enero de que había perdido a mi antiguo compañero y, mucho más, querido amigo. Alguien, en la Real Academia, me dió sin preámbulos la noticia de su muerte que, por lo inesperada, me produjo gran estupor y profunda tristeza. Por una serie de circunstancias, aun siendo un poco más viejo que él (aunque las diferencias de edad se van atenuando con los años), nuestras biografías profesionales fueron casi paralelas, como algunas veces habíamos comentado.

Por eso, agradezco tanto que se me haya invitado a participar en este “Acto de homenaje” en recuerdo de este hombre singular, tan humano, tan inteligente, tan laborioso, al que los avatares de la vida enviaron a la Universidad de Sevilla para participar activamente en la puesta en marcha de una Sección de Biológicas que, por su prematuriedad, constituyó un hito ejemplar en toda la serie de Secciones y Facultades de Biológicas que después se sucedieron en las Universidades españolas.

Aunque ya había oido hablar de Enrique Montoya en muchas ocasiones, nuestro primer contacto tuvo lugar en la primavera de 1957 (hace, precisamente ahora, cuarenta años), cuando coincidimos ambos como opositores a unas plazas de Colaboradores Científicos del CSIC. Allí nos juntamos una serie de jóvenes (y algunos ya no tan jóvenes), que veníamos de hacer nuestras carreras en las Universidades de la postguerra, bastante desmanteladas, empobrecidas material y culturalmente y carentes de lo imprescindible (y no digamos de lo prescindible). Pertenecíamos a unas generaciones que, debido a los cambios sociales a nivel nacional y mundial, habían sufrido (y empleo el término en sus dos principales acepciones, especialmente en la segunda: “sentir un daño moral”), habían sufrido, digo, las turbulencias políticas por las que había pasado España desde nuestra infancia. Sin embargo, gracias al inestimable tesoro de nuestra juventud y a la eficiente ayuda del CSIC que, así hay que reconocerlo, disfrutaba dentro de la penuria reinante de un trato de favor que se escatimaba a las Universidades, conseguimos salir adelante.

Me llamó la atención que, en nuestras conversaciones a la puerta del aula donde se celebraban los ejercicios, en las que conversábamos sobre tal o cual tema, Enrique Montoya se mantenía tranquilo, calmoso, risueño, con la seguridad del que acude a una prueba con la lección bien aprendida. Incluso se permitía bromear con los demás, en un ambiente en cierto modo tenso que se prestaba a pocas bromas. Pero, a medida que progresaba la lectura pública de los ejercicios se iba perfilando su evidente superioridad, por su inteligente enfoque de los temas, su ponderado análisis científico y su gran dominio de los conocimientos biológicos. Huelga decir que, terminadas las pruebas y conocidos los resultados, Montoya apareció en la lista con el indiscutible número uno, sobresaliendo entre todos como lo que era: un joven e inteligente investigador que, en el transcurrir de los años, alcanzaría gran notoriedad científica y docente. Entonces empecé a respetar y conocer al que sería más tarde mi gran amigo.

Así conseguimos entrar en los cuadros investigadores de la administración, pero en muchos de nosotros vivía latente el impulso de satisfacer nuestra vocación de magisterio universitario. Pero, hacía años que la Universidad española permanecía estática, en especial en lo referente a la creación de nuevas Facultades y Secciones, con sus correspondientes cátedras, que sólo se dotaban con cuentagotas y con no pocos recelos, siempre dentro de la tónica restrictiva gubernamental, con una actitud expectante (más bien, vigilante) bastante injustificada.

Finalmente, en 1964, el gobierno, abrumado por desórdenes universitarios que encontraban apropiado caldo de cultivo en la masificación de los centross de enseñanza, amplió el número de Facultades universitarias y creó nuevas Secciones, cuyas cátedras ocupamos una serie de doctores (muchos de nosotros procedentes del CSIC) ya con la suficiente preparación para desempeñarlas. Entre ellas, las de las Secciones de Biológicas, que sólo existían entonces en Madrid y Barcelona. Se creó, pues, la Sección de Biológicas en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Sevilla, impulsada tenazmente por un ilustre granadino, afincado en Sevilla, D. Francisco González García, catedrático de Química Inorgánica y en aquél tiempo decano, que es la persona a quien en justicia hay que atribuir el éxito de su creación y su funcionamiento. Los demás, catedráticos jóvenes y animosos, no fuimos más que sus eficaces colaboradores.

Rápidamente, con la ayuda de toda la Facultad de Ciencias (cuyos compañeros, entre ellos también varios granadinos, como García González o Francisco Pino, nos acogieron con gran cordialidad, prestándonos su apoyo), se cubrieron las primeras cátedras, por orden de prelación. En diciembre de 1965 yo ocupé la de Botánica; en marzo de 1966, Salvador Peris la de Zoología; en marzo de 1967, Enrique Montoya la de Microbiología y unos días más tarde, Manuel Losada la de Bioquímica. Años después se incorporaron González Bernáldez en Ecología, Fernández López-Saez en Citología, Cerdá Olmedo (otro granadino) en Genética, etc.

De los cuatro “pioneros”, tres nos habíamos formado en Madrid y ya existían entre nosotros fuertes vínculos de amistad. Con Enrique Montoya sólo habíamos tenido contactos esporádicos resultantes de nuestra actividad profesional; eso podría quizá haber motivado cierto apartamiento o desvinculación del grupo, pero ahí demostró Enrique su gran calidad humana. Se integró plenamente a los demás, con los que inmediatamente se sintió cómodo, y nosotros con él. No recuerdo de esa época ninguna discrepancia, pues todos (con frase de Ramón y Cajal), “conspirábamos a un mismo fin”.

Enrique vino acompañado de su discípulo Enrique García Máiquez, que le ayudó en sus primeras tareas universitarias. Como dejó su familia en Granada se alojó en el Colegio Mayor Hernando Colón, y también allí se unió enseguida a la colectividad de colegiales, alumnos y profesores, dejando un recuerdo que ha perdurado muchos años. En octubre de 1967 empezó a impartir clases de Microbiología y de Biología, porque ante la escasez de docentes, a todos nos tocaba ocuparnos de más de una asignatura. Disponía de un único local, que era al mismo tiempo despacho, laboratorio de investigación y laboratorio de prácticas, en el cual, en buena armonía, cada uno se acomodaba como podía. Siempre, sin una sola queja. En esta primera época dirigió desde Sevilla una tesis en Granada y terminó algunos trabajos que había dejado allí a medias. Después, empezó a reclutar colaboradores, algunos de los cuales le siguieron después a Granada. Pero lo que más me impresionaba era su facilidad para conectar con el alumnado, que pronto supo captar el talante humano e intelectual del nuevo catedrático. Por eso, su labor docente en Sevilla fue tan fructífera, a pesar del poco tiempo que allí permaneció.

En aquellos años se fortaleció mucho nuestra amistad, siendo siempre mi colaborador y consejero, y en el difícil trato de la convivencia universitaria (especialmente cuando fuí decano), actuaba muchas veces de mediador. Como hace treinta años las comunicaciones no eran tan fáciles como lo son ahora, y el viaje en tren de Sevilla a Granada era muy penoso, con transbordos y todo, y las carreteras complicadas, nuestro amigo, que además no tenía automóvil, no visitaba a su familia con la asiduidad que hubiera deseado, ni tampoco los suyos lo tenían fácil para visitarle en Sevilla (aunque Mari Loli, su esposa, venía de vez en cuando), pasó algunos ratos malos añorando la vida familiar. Además, por entonces, falleció su madre en Córdoba. Sus amigos procurábamos aliviar su soledad; venía a casa con frecuencia y más de una vez me acompañó a las excursiones botánicas con los alumnos, salvando ágilmente su dificultad para moverse entre los riscos. En cualquier caso, su estancia en Sevilla le ocasionó un gran trauma afectivo que soportó con gran entereza, sin lamentos, con el estoicismo de Séneca, su paisano cordobés.

Todas esas circunstancias fueron, sin duda, las que le aconsejaron comprar un piso con la idea de traerse a los suyos a Sevilla, con gran satisfacción para mí, pues eso suponía la garantía de una larga permanencia entre nosotros, ya que siempre me asaltaba el temor de que sucediese lo inevitable: su regreso a Granada.

Finalmente, los granadinos, que no cejaban en su empeño de recuperar a su compañero perdido, consiguieron su propósito, y en marzo de 1970 Enrique Montoya fue trasladado a la Universidad de Granada, a una cátedra de Microbiología de nueva creación. Pero tuvo la delicadeza de terminar el curso con nosotros, permaneciendo hasta el mes de octubre. Antes, vendió su piso recién comprado, sin estrenar.

El potencial científico y docente de nuestra joven Sección de Biológicas se debilitó seriamente con su marcha. Además, habíamos perdido el trato diario con el amigo y compañero con el que compartíamos los desvelos y preocupaciones por impartir una buena docencia. Sin embargo, no podíamos menos de reconocer que la Universidad de Granada había procedido con toda lógica al recuperar a una persona de tanta valía. Al fin y al cabo, los granadinos, que tanto, unos y otros, como ha quedado aquí patente, habían participado en la creación de nuestra Sección, no habían hecho más que recuperar un “préstamo” que había durado tres años largos en los que nos había prestado inestimables servicios.

Mis temores se confirmaron. Después de la marcha de Enrique, la Sección de Biológicas de Sevilla ya no fue la misma. Se marcharon también Peris, González Bernáldez, López Sáez, y yo mismo me marché; y vinieron otros, quizá mas competentes que nosotros, a suplir las ausencias. Pero aquel espíritu de compañerismo, de amistad, aquella ilusión por crear algo nuevo y renovado, se debilitó notablemente con la marcha de nuestro amigo. Quedó, sin embargo, la huella imborrable de su estancia en la Universidad de Sevilla.

Inicio profesional y estancia en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Inicio profesional y estancia en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Inicio profesional y estancia en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

Estación Experimental del Zaidín, CSIC, Granada

Con vistas al homenaje que hace unos años se le iba a hacer a Enrique con motivo de su jubilación cuando cumplía los 65 y que, afortunadamente, quedó pospuesta, le pedí a su antiguo compañero de licenciatura Eduardo Esteban, que junto a José Rodríguez Caro y José Aurelio Porras, formaron un cuarteto inseparable, unas notas sobre la época de su vida en el Consejo anterior a mi llegada como becario.

Estas primeras líneas que tomo prestadas, sirven de lazo de unión entre la etapa de Enrique como alumno y los primeros tiempos de su vida profesional. Terminada la Licenciatura en 1951, Caro se va a su tierra de origen y los otros tres se quedan en la Facultad, en el laboratorio de Microbiología del profesor Vicente Callao, que pertenecía a una nueva generación de catedráticos, magníficos profesores e investigadores. Ya habían tenido contacto con el laboratorio de Don Vicente, haciendo antes de terminar la carrera, los primeros pinitos en investigación. Poco tiempo después, Porras también se va y algo más tarde, Eduardo Esteban pasa al laboratorio de Fisiología Vegetal, con el Prof. Luis Recalde. Enrique Montoya queda en Microbiología para convertirse en el primer discípulo de Don Vicente Callao, del que él y todos los que hemos seguido recibimos junto a una buena educación científica, una alta inquietud profesional que Enrique supo poner de manifiesto a lo largo de toda su carrera investigadora y docente.

El mismo año que termina la Licenciatura se crean en distintas cátedras de las Facultades de Ciencias y Farmacia, Secciones del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, dependientes del Patronato Alonso de Herrera, con lo que pudo estrenar su primer nombramiento de becario. En 1953 lee la Tesis Doctoral en Madrid sobre la utilización del orujo de aceituna como materia prima para fermentaciones, obteniendo la máxima calificación, y es enviado con una beca a Italia. Por este tiempo, el Consejo adquiere un chalet en la Avenida de Cervantes a donde se trasladan las Secciones anteriormente fundadas, unidas bajo el nombre de Estación Experimental del Zaidín, dedicada, a imitación de la célebre Estación Experimental de Rothamsted, a los estudios relacionados con el suelo y las plantas. La Sección de Microbiología a la que él perteneció, estaba dirigida por Don Vicente, dirección que simultaneaba con la cátedra, y en la que permanecía todas las tardes nucleando el pequeño grupo original y en estrecho contacto con el resto de las Secciones. Poco después de su vuelta de la estancia con el Profesor Bolcato en Pavía, Enrique fue nombrado Ayudante de Sección y, en 1956, obtuvo con el número uno la plaza de Colaborador Científico, institucionalizando el incipiente grupo.

A Enrique tuve el gusto de conocerle cuando Don Vicente, iniciando una costumbre que después siempre mantuvo con sus discípulos, le encargó las lecciones de metabolismo bacteriano, sorprendiendo a todos los alumnos por la calidad de sus clases que a todas vistas indicaban sus magníficas cualidades para la docencia. A estas alturas ya don Vicente había detectado su interés por la bioquímica, que más tarde tendría ocasión de poner bien de manifiesto.

Desde esa etapa entablamos contacto bastante continuo, que se intensificó cuando, a partir de mi entrada como becario en la Estación en 1959, empecé a ayudarle en su trabajo, junto con la inolvidable Isabel López, Isabelita para todos, pieza clave en la Sección y que, entre otros menesteres, tenía la misión de preparar el café de las tardes. Esta costumbre, establecida por Enrique, buen amigo de las tertulias, y en el que participaban, aparte de don Vicente, los Profesores Gutiérrez Ríos, Hoyos Recalde y Capitán. En este café, el cafelito, como él le decía, se hablaba de lo divino y humano y no pocos proyectos de dirección del centro y de investigación surgieron en el devenir de los años en estas reuniones informales. Por mucho tiempo, prácticamente hasta su marcha a Sevilla, continuaría esta costumbre en su mismo despacho, como también la obligación que se echó encima, desde la primera fiesta que se celebró, de montar el árbol de Navidad a fuerza de luces, cigarrillos y alguna que otra copa de anís.

Por el hecho de estar en una Estación Experimental, los primeros trabajos estuvieron relacionados con la Microbiología del Suelo interviniendo en la dirección de las primeras tesis doctorales de la Sección, las de Manuel Ortiz y Enrique Hernández, que trataban de estudios relacionados con Azotobacter y, posteriormente, la mía propia, sobre Rhizobium. A nosotros, como a los doctorandos que vinieron después, dedicó gran parte de su tiempo y sobre todo de su ánimo.

Estas investigaciones sobre bacterias fijadoras de nitrógeno se simultanearon con estudios microbiológicos sobre productos agrícolas o de potencial uso agrícola, como la turba del Padul, cuyo estudio, en colaboración con la Sección de Química Analítica supuso el primer contrato, entre comillas, con empresas y con el que se pudo comprar una mesa de despacho en condiciones.

Estando como estaba al tanto de la bibliografía, y con su gran imaginación, pronto vislumbró el interés de otras lineas de trabajo, entre ellas, el estudio de la levadura como modelo para la comprensión de determinadas patologías en organismos superiores o la activación biológica del sulfato en plantas, que llevó, gracias a su iniciativa, a la instalación del laboratorio de radioquímica en el Zaidín.

Este afán por estar al día en diferentes temas, junto a sus cualidades innatas de magnífico docente, le llevó a realizar unas brillantes oposiciones las tres veces que aspiró a Cátedra, dos para la de Bioquímica de la Facultad de Farmacia de Granada, teniendo en ambas ocasiones a Federico Mayor como contrincante, y la tercera, para la de Microbiología de la Facultad de Biología de las Universidades de Sevilla y Salamanca. Recuerdo la impresión que causó a propios y extraños la lección magistral sobre la recién conocida traducción del ARN mensajero que presentó en la primera oposición. Para ello preparó unos enormes carteles en colores, entonces no había las facilidades que hoy día, en los que presentaba muy didácticamente la síntesis de las proteínas.

El aparente fracaso con la Bioquímica, no supuso desaliento alguno y continuó, con más entusiasmo si cabe, con su investigación antes emprendida hasta que cuando se crearon años más tarde las Facultades de Biología de Sevilla y Salamanca, se le presentó de nuevo la posibilidad de opositar a cátedra, obteniendo con brillantez la de Microbiología de Sevilla en 1967.

Había captado rápidamente la tesis de Warburg de que la célula cancerosa manifiesta un metabolismo oxidativo deprimido. A Enrique se le debe la idea de establecer la comparación entre la célula cancerosa y las mutantes de levadura con deficiencia respiratoria. En un trabajo que publica en Science en 1961, expone el aislamiento de la toxohormona, un polipéptido encontrado en tumores, de estas mutantes que no esta presente en las cepas silvestres, ni tampoco en tejidos animales normales.

El trabajo, admitido en esta prestigiosa revista sin problemas, supuso para él un gran estímulo y le impulsó a continuar con la linea de investigación emprendida. El laboratorio se llenó de ratones, la actividad de la toxohormona se medía por su efecto sobre la catalasa hepática de este animal, de levaduras y de tumores. Poco después se encontró que una mutante inestable de levadura podía sustituir el hígado de ratón, por el efecto inhibidor que presentaba la toxohormona sobre su crecimiento, con el consiguiente ahorro de animales, material y esfuerzo. En relación con estos trabajos, recuerdo, cuando el fuego en el primitivo edificio del Zaidín, la hoy conocida por Casa Blanca, nuestra entrada entre mangueras y protestas de los bomberos, a salvar los tubos de las cepas de levadura y el respirómetro de Warburg, que a trompicones pudimos sacar entre los dos a la calle. Estas investigaciones dieron lugar a dos publicaciones más en Science y otras en diversas revistas, así como varias tesis doctorales. Los trabajos alcanzaron un renombre internacional, que se manifestó en la invitación personal recibida para participar con una ponencia en uno de los simposios del X Congreso Internacional del Cáncer que se celebró en Houston en 1970, y al que me vi obligado a asistir como componente del grupo, dada su negativa a ir, cosa que no era de extrañar teniendo en cuenta lo poco que le satisfacían esta clase de situaciones. Todos los que le han conocido saben, que aparte de no gustarle mucho viajar, lo suyo era el trabajo recluido y callado.

El gran interés despertado por la toxohormona, en la que se veía, sobre todo la posibilidad de un método precoz de detección del cáncer, fue apagandose en su grupo y en todos los demás, por la dificultad de ponerla en evidencia por métodos fáciles y constatar que no conducía a nada en la investigación básica sobre esta patología, que había tomado otros derroteros más esperanzadores.

Sin embargo, el cariño adquirido a la levadura le llevó a estudios sobre supresividad, transformación, factores killer, fusión celular etc. ya en Sevilla y continuados a su vuelta a Granada y, precisamente, en el mismo lugar de donde salió, la Sección de Microbiología del Zaidín, ya que al no contar con laboratorios en la Universidad, llevó allí a los discípulos, Carmen Rodríguez Franco, José Mª Ortega Ruíz, María Teresa González y Victor Costa Boronat, que habían seguido al maestro en su traslado. A ellos se unieron después algunos más, y todos tuvieron que apiñarse, con los entonces componentes de la Sección, en el reducido espacio que había, hasta su paso a la Facultad de Ciencias. Este marcha no supuso una separación total, pues Enrique continuó en contacto con la Sección, al principio con asistencia diaria y luego, cuando ya las tareas del departamento se lo pusieron difícil, algunas tardes y, por supuesto, los días no lectivos, estando al tanto y participando en la dirección de la investigación que allí se desarrollaba, investigación que en su mayor parte, era llevada a cabo por las personas que, con buen ojo, él había seleccionado y que enviaba al Zaidín para realizar allí su Tesis Doctoral. Muchas de ellas nos acompañan hoy en este emotivo acto.

Su estima por el Consejo y por las personas que allí trabajábamos, le llevó a confiar en algunos de nosotros los Encargos de Cátedra de Microbiología, mientras él se incorporaba, y más tarde, de Fitopatología y Microbiología Industrial, que sirvieron para establecer un mayor contacto, si cabe, entre el Departamento de Ciencias y la Sección del Zaidín. De la misma forma nos hacía participar a menudo, en las clases que le correspondían de acuerdo con la especialidad de cada uno.

Siempre se consideró y fue considerado como persona del Consejo, y muy grata, tanto en Granada como durante su estancia en Sevilla, donde fue nombrado Jefe de la Sección de Bioquímica y Microbiología de la Estación del Cuarto, hoy Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología.

No creo exagerar, si estas mis penúltimas palabras, las pronuncio en nombre de todas las personas que en la Estación Experimental del Zaidín tuvieron la oportunidad y dicha de conocerle y tratarle, y como se dice muchas veces, sin distinción de condición, sexo y edad. Al respeto que todos le hemos tenido como profesional, se ha unido siempre el cariño compartido. Si a primera vista parecía distante, en el fondo no era más que una defensa que cubría su mucha disponibilidad y amabilidad para todos.

Y dije mis penúltimas palabras, porque quiero acabar dirigiendome a Mary Lola y sus hijos. Hay quien ha dicho de Enrique que, dadas sus cualidades intelectuales, podía haber llegado más lejos. Pero los que hemos tenido la suerte de conocerle bien, sabemos que estableció claramente una escala de valores en la que colocó a su familia en el primer puesto y dio de lado a todo aquello que suponía, no un esfuerzo, sino desviaciones a la linea que se había marcado. Cumplió su misión. Estuvo donde se le dijo y cuando fue necesario. No regateó esfuerzo. Esta manera de entender la vida ha hecho hoy posible que se reúna con vosotros este amplio conjunto de amigos, compañeros y discípulos que nunca le olvidarán.

Homenaje a Enrique Montoya

Homenaje a Enrique Montoya

Homenaje a Enrique Montoya

Enrique estudiante en Granada: retrato de un amigo

José Rodríguez Caro

Escuela Universitaria Politécnica, Linares (Jaén)

Mi primer encuentro con Enrique Montoya se produjo en octubre de 1946 en la antigua Facultad de Farmacia de la calle San Jerónimo de Granada. Era el primer día de clase de aquel año académico. Los dos nos disponíamos a empezar el segundo curso de farmacia. Enrique estaba recién llegado a Granada. Había estudiado primer año en la Universidad de Sevilla donde conoció a Juan Carrasco, un amigo mío de Linares. Cuando Juan supo que Enrique se trasladaba a Granada para hacer el segundo curso, le habló de mí y nos recomendó a los dos que nos conociéramos.

En la primera clase del día, cuando el profesor pasó lista y leyó la relación de alumnos, vi por primera vez a Enrique Montoya. Tenía 18 años. Yo tenía uno más, 19. Recuerdo a Enrique como un chaval moreno, tranquilo, pausado y muy delgado. Claro que decir “muy delgado” en los años 40 no era nada extraordinario. Lo llamativo habría sido estar gordo o simplemente rellenito. Al terminar la clase, nos acercamos el uno al otro y nos presentamos.

Quién nos iba a decir entonces que aquel encuentro sencillo que arregló a distancia un amigo común iba a ser el comienzo de una amistad que nos acompañaría durante 50 años. En las primeras semanas de aquel curso, presenté a Enrique a todos los compañeros del año anterior: Thomas, Pepe Porras, González Tabares, García de las Peñas, los hermanos Gómez Hacha, Eduardo Esteban, y, como no, también a las compañeras: las Cármenes, María Teresa, Juanita, Rosa, Paquita, y otras.

Mis recuerdos de aquellos años de facultad están asociados a todos estos compañeros y de forma muy especial a aquel cuarteto de amigos inseparables que formábamos Pepe Porras, Eduardo Esteban, Enrique, y yo. Todos vivíamos en el barrio de la Magdalena y recorríamos diariamente la calle Alhóndiga, Jardines, Párraga y la placeta de Gracia, puerta entonces de la Vega de Granada. En la placeta, y sobre su suelo de tierra jugábamos al fútbol, deporte en el que Enrique resultaba ser un magnífico portero. (El problema de su pierna nunca supuso un gran lastre para desarrollar actividades físicas de todo tipo).

Eran muchísimas las cosas que compartíamos. Sin duda, era curiosa la forma en que nos organizábamos para tomar apuntes de clase. Pepe y Eduardo, que eran mayores que nosotros, tomaban nota de todo lo que decían profesores y alumnos. Mi tarea consistía en recabar toda la información que se escribiera en la pizarra. El papel de Enrique era el más selecto. Todos reconocíamos que era el que tenía más capacidad de síntesis y mejor memoria. Por eso, en clase, sólo tenía que escuchar. Después, con la ayuda de nuestras notas, y algunos textos, dictaba la versión final que Pepe o yo, escribíamos con lápiz, (a falta de bolígrafos) utilizando un papel de calco. Conservábamos el original y mandábamos la copia extra a la residencia femenina del Santo Angel donde vivía un grupo de compañeras de clase. Y así, y dicho sea con toda humildad, se hicieron famosos nuestros apuntes de Química Orgánica, Bioquímica, o Microbiología.

Manejar una sola copia de los apuntes de clase era una buena excusa para estudiar muchas noches juntos. Todavía conservo la imagen del joven Enrique estudiando. Cuando estaba absorto y totalmente concentrado, hacía girar entre los dedos una caja de cerillas. Si paraba, es porque quería contarnos lo que estaba pensando. Y, desde luego, siempre encontraba la forma más sencilla y eficaz de hacerlo.

Enrique era, como buen cordobés, serio, senequista, profundo, y callado. No era amigo de la broma si rozaba el mal gusto. Era desprendido y le gustaba compartirlo todo.

Desde aquel segundo curso en que nos conocimos y hasta el final de la carrera, comprábamos los libros a medias. Nuestras economías no eran nada boyantes. Mi presupuesto diario para dinero de bolsillo era de una peseta. Así que desencuadernábamos los libros y nos los repartíamos por cuadernillos. Después, nos los intercambiábamos para estudiar. Una vez terminado el curso, metíamos todos los cuadernillos sueltos en sus tapas, los atábamos con una goma elástica, y se los dábamos a una compañera que los volvía a vender. Por increíble que parezca, nuestra compañera conseguía que algunas notas de clase, que habíamos escrito en los márgenes, se consideraran un valor añadido que revalorizaran el libro. De esta forma, aquellos cuadernillos usados y desvencijados, volvían a venderse por el mismo precio al que los habíamos comprado.

Sin duda eran años de escasez. Juan Eslava Galán, en su libro “La historia de España contada para escépticos” los describe de una forma muy gráfica con las siguientes palabras: “El hambre y el estraperlo fueron el acompañamiento de una década de miseria y sufrimiento, epidemias, sarna, chinches, piojos grises, estilográficas a plazos, lámparas de carburo y gasógenos, talleres de restauración de cepillos de dientes y de carreras de medias… tranvías abarrotados, trajes vueltos, retales, sobras, etc…” Recuerdo que la primera vez que leí esta cita, pensé ‘sí, chinches… y qué chinches las de Granada’

El hambre era otra dura realidad. Enrique conseguía traer alguna comida desde Córdoba. Yo traía bastante aceite de oliva de Linares. Continuamente comíamos pan mojado en aceite con azúcar. Más que comer, se diría que bebíamos aceite. Era tal nuestra afición al pan con aceite que Enrique y yo nos ganamos algún que otro apelativo cariñoso por ello.

Enrique, como todos nosotros, hizo mucha vida en casa de Eduardo, el único granadino de aquel cuarteto. Su familia nos abrió la casa de par en par y muchos días nos reunimos para estudiar, cantar, oír música y, gracias a la bondad de Doña Lola, madre de Eduardo, llenar nuestros enflaquecidos estómagos. Solíamos bromear sobre el jamón, artículo de lujo por excelencia, absolutamente fuera de nuestro alcance. Para Doña Lola, el jamón era una fuente inagotable de chistes. Solía decir que el día que acabáramos la carrera teníamos que celebrarlo con una comida que consistiera en jamón de primer plato, jamón de segundo, y jamón de postre.

En estas reuniones en casa de Eduardo coincidíamos con grupos de estudiantes que ensayaban con instrumentos de cuerda. Formamos con ellos un pequeño grupo para dar serenatas nocturnas en las residencias femeninas de Granada los fines de semana. Enrique resultó ser un buen barítono. No se prodigaba mucho, pero cuando se lanzaba, le gustaba arrancarse por los Panchos. Estas serenatas nocturnas no estaban exentas de cierto riesgo en una época en la que el derecho de asociación y reunión estaba muy restringido. Sin embargo, siempre tuvimos suerte. La policía nos obligó a retirarnos solamente una noche. Tendremos que pensar que tampoco lo hacíamos tan mal.

Enrique era un gran amante de la verdad y de la amistad. Desde su juventud, fue, para mí, un amigo leal. Visitábamos a nuestras respectivas familias tres veces a lo largo del curso académico: En Navidad, Semana Santa y verano. Como los viajes duraban todo el día, nos proporcionaban comida para el tren. (Quizá a algunos de ustedes les produzca cierta hilaridad mis continuas alusiones a lo que comíamos. Pero yo les aseguro que la escasez de comida constituye para cualquier estudiante de aquella época un recuerdo siempre nítido). Al finalizar los viajes, ya en Granada, siempre se repetía el mismo ritual. Primero, compartíamos la comida que hubiera sobrado del viaje y, después, nos íbamos al cine. No sabíamos qué película íbamos a ver hasta que llegábamos a la mismísima taquilla.

Recuerdo un febrero del 48 en que fuimos al cine Olimpia en Gran Vía, frente al banco de España. Teníamos 20 años y el título de la película era, entonces, absolutamente desconocido para nosotros: “Gilda”. La vimos y nos encantó. Aquí habría acabado esta anécdota si no fuera porque al día siguiente se produjeron unos atentados contra el cine y la censura prohibió la proyección de la película que fue retirada en toda España.

Recuerdo cómo Enrique pasó horas analizando la película para encontrar los motivos que podían haber provocado tal exceso de celo censor. Finalmente llegamos a la conclusión de que la causa debía estar en la escena en que Rita Hayworth se despojaba voluptuosamente de su guante o quizá en la famosa bofetada que le propinaba Glenn Ford.

Enrique era un hombre serio de humor inteligente. Cuando preparábamos herbarios para la clase de botánica, hacíamos largos recorridos por la vega de Granada, riberas del Genil y bosques de la Alhambra. Un día, a la vuelta de uno de estos recorridos exclamó con tono irónico. “Lo que más me gusta de estos paseos es lo alegres que son. Aquí estamos entrando a Granada por el camino del cementerio después de haber salido por el paseo de los tristes”.

A partir del tercer curso, fuimos ayudantes de clases prácticas, con el profesor Mascaró en Química Orgánica. Aquella fue experiencia enriquecedora donde Enrique aprendió a moverse con gran soltura en el laboratorio y a desarrollar su faceta docente. El decano y profesor titular de Farmacia Galénica, el profesor García Vélez nos puso en manos del profesor Guardiola con quien aprendimos la preparación de fórmulas magistrales y análisis de productos medicamentosos. Asimismo, en el laboratorio de Microbiología, trabajó primero con el profesor Vigaray y al año siguiente, con el profesor D. Vicente Callao, su admirado maestro, que se hizo cargo de la cátedra y de nosotros con ella.

A lo largo de esos años, Enrique no sólo colaboró ilusionadamente en el montaje de las clases prácticas sino que, además, inició sus primeras andaduras en el campo de la investigación, un campo que posteriormente le valdría para mostrar todo su genio.

Acabamos la carrera en junio de 1951. Había que celebrarlo y Doña Lola, la madre de Eduardo, nos invitó una vez más a su casa. El menú era el prometido. Todos los platos tenían jamón como ingrediente. Primer plato, sopa con jamón. Segundo, trucha a la navarra y san jacobo. De postre, jamón dulce con cabello de ángel.

A Enrique nunca le dije adiós. La vida nos fue haciendo coincidir en distintas ocasiones. Durante muchos años, los dos fuimos miembros del Claustro de la Universidad de Granada. Nuestros encuentros volvieron a ser frecuentes hasta mi jubilación. Si un compañero nos puso en contacto la primera vez, otro conocido de ambos, el profesor Nicolás López Calera, fue el que me dio la fatal noticia de su fallecimiento. Habían pasado justamente 50 años desde aquel lejano día en que al pasar lista en clase, un chaval delgado de 18 años contestara al oír su nombre: Enrique Montoya. Un nombre que, más tarde, sería conocido por sus grandes logros científicos. Logros que llenaron de sentido la vida de quien fue mi amigo.

Departamento de Microbiología

Departamento de Microbiología

Departamento de Microbiología

Homenaje a Enrique Montoya Apuntes de una vida: cronología profesional

Jose María Arias Peñalver Depto. Microbiología, Universidad de Granada

Enrique Montoya (1928-1996), una vida dedicada a la docencia y a la investigación

El fallecimiento inesperado del Profesor D. Enrique Montoya Gómez movilizó a un amigos, a compañeros, a miembros del Departamento y de la comunidad universitaria, en general, hacer un homenaje en su recuerdo. En realidad, el homenaje estaba casi programado desde 1993, ante la incertidumbre de la edad de jubilación a los 65 años. Hoy, fecha de su cumpleaños, nos reunimos para recordarle en distintas facetas de su vida, sirviendo ello de homenaje.

Enrique Montoya ha sido un amigo y maestro de universitarios. Proyectó su vocación de magisterio con gran derroche de generosidad tanto en la docencia como en la investigación, sin olvidar su labor académica y en la administración, aún sacrificando a veces otras obligaciones.

El 22 de Abril (formalmente el 24) de 1928 nace en Córdoba. Estudia el bachillerato en el colegio de los Hermanos Maristas, en Lucena y en Córdoba. El primer año de universidad lo cursa en Sevilla. Llega a Granada en 1946 para realizar los estudios de Farmacia. Considerado, desde entonces, granadino de adopción y de corazón. Pero, siempre se sintió cordobés. El título de Licenciado en Farmacia lo obtiene, con la calificación de sobresaliente y premio extraordinario, en 1951. En 1953 obtiene el grado de Doctor en Farmacia por la Universidad Complutense (en esa época todas las tesis doctorales debían presentarse en Madrid) con la máxima calificación.

Como docente fue nombrado en la década de los 50 Ayudante honorario de la Facultad de Farmacia y de la de Ciencias. Profesor encargado de la extensión de Fermentaciones. Profesor encargado de la extensión de Fitopatología. Ayudante de clases prácticas. Adjunto honorario en la Facultad de Farmacia. Diplomado en Sanidad.

Coincidiendo con estas etapas Enrique Montoya se inicia en tareas de investigación bajo la dirección del Prof. Vicente Callao -su admirado maestro- en la Estación Experimental del Zaidín de Granada casi recién creada. Becario (1951-53), Becario con estancia en Pavía (1953), Ayudante Sección (1954), Colaborador científico (1956), Investigador (1962), Becario de la Fundación Juan March (1963) y Profesor de Investigación (1967). En esta primera etapa coincide con directores de la Estación como Enrique Gutiérrez Ríos, Ángel Hoyos de Castro, Luis Recalde Martínez, y como colegas como Manuel Lachica, Fermín Capitán y, poco más tarde, Enrique Hernández y José Olivares.

Sus primeros trabajos se enfocan en la línea de investigación de la Estación Experimental y se centran en el estudio de la importancia agrícola y aprovechamiento del orujo de la aceituna. Desarrolla su tesis sobre la utilización de este subproducto como materia prima para fermentaciones. Ello influye en posteriores trabajos sobre productos agrícolas y del suelo. Inicia, más tarde, una nueva línea sobre toxohormona de levaduras, como modelo de célula cancerosa, que culmina en artículos de gran impacto en Science 1961, 1963 y 1967 que le valen para reconocer su prestigio a nivel nacional e internacional. Esta línea sería continuada y ampliada a distintos aspectos de las levaduras. Mientras tanto continúan sus publicaciones sobre microbiología del suelo. En el año 65 aborda un tema totalmente inédito sobre la importancia de las mixobacterias en la microbiología del suelo. A partir de entonces la linea de investigación se amplia tanto en relación a la diversidad de microorganismos usados, como en cuanto a los diferentes enfoques abordados. Así, en Microbiología del Suelo (interacciones de la microbiota en ambientes naturales, con Azotobacter, Rhizobium, fosfobacterias), sobre Levaduras (metabolismo, genética, supresividad, factores killer, fusión celular) y en Fisiología bacteriana (Rhizobium y mixobacterias). Esta última fue retomada a su vuelta a Granada en los años 70 y, posteriormente, se constituyó en Grupo de Investigación que continúa abierto en la actualidad.

Obtuvo por oposición la Cátedra de Microbiología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Sevilla, donde participa en la puesta en marcha de la Sección de Biología. Coincide en esta etapa con Manuel Losada, Emilio Fernández Galiano, Salvador Peris y Enrique Cerdá. Todos ellos comparten la ilusión por la terea a realizar y les une un gran espíritu de compañerismo. En estos años en Sevilla reside en el Colegio Mayor Hernando Colón. De esta etapa perdura un grato recuerdo en colegiales, alumnos y profesores. Durante su estancia en la Universidad de Sevilla comienza a estructurar la investigación del Departamento de Microbiología y a rodearse de un pequeño grupo heterogéneo de jóvenes becarios. Se acompaña en esta etapa de su discípulo, y gran amigo, Enrique García Máiquez, aunque no pudo retenerle. Es nombrado Jefe de la Sección de Microbiología y Bioquímica del Centro de Biología Aplicada y Edafología de la Estación del Cuarto de Sevilla del CSIC (1969-70).

Vuelve a Granada en 1970 para ocupar la Cátedra de Microbiología en la Sección de Biológicas que está empezando a funcionar. Se hace cargo de la Microbiología General que hasta ahora estuvo impartida por José Miguel Barea. Imparte clases de Biología General, Microbiología, Virología e Inmunología. Más tarde Bacteriología, Microbiología Industrial y Fitopatología. Para estas dos últimas se ayuda parcial o totalmente de los suyos; los de la Estación Experimental del Zaidín (José Olivares y Pedro Ramos). Participa en la consolidación de la Sección de Ciencias Biológicas de la que sería su Director más tarde. Vicedecano de la Facultad de Ciencias (1971-73). Vicerrector de la Universidad de Granada (1973-76). Director del Departamento interfacultativo Farmacia-Ciencias (1973-1981) y del Departamento de Microbiología (constituido según LRU) desde 1990. Nuevamente, a su regreso a Granada, tiene que partir de cero y montar los laboratorios de investigación. Los becarios que le acompañan de Sevilla tienen que recurrir a la Estación Experimental del Zaidín para poder continuar sus tareas de investigación. Director del Departamento de Microbiología de la Estación Experimental (1973-79) y vinculado como Doctor adherido al Claustro en el período de reestructuración organizativa del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Enrique Montoya ha impartido Microbiología a una treintena de promociones de estudiantes y ha «enseñado a enseñar» a docenas de profesores repartidos hoy por toda la geografía española. Tuvo siempre un empeño didáctico, conciso, claro y actualizado al máximo, con una metodología impecable. Su mejor homenaje lo recibió en 1993 de los alumnos de Microbiología General; al terminar el curso, y ante la incertidumbre de la edad de jubilación a los 65 años, los alumnos le pretextaron una clase extra al terminar el curso a fin de rendirle un sencillo homenaje. Pero si extensa ha sido su labor docente, tanto o más cabe decir de la investigación. Enrique Montoya es autor de numerosas publicaciones científicas, dirección de tesis doctorales, tesinas de licenciatura, artículos en libros y autor de un libro de texto. Contribuyó a crear e impulsar diversos grupos de investigación tanto en el CSIC como en la Universidad.

Pero si su labor en las aulas universitarias y laboratorios de investigación ha sido la columna que ha vertebrado su trayectoria profesional, también dedicó gran parte de su tiempo y talento durante años al servicio de la Administración. Con sentido del deber y de la honestidad, sirvió en puestos de responsabilidad en la Facultad de Ciencias y en el rectorado de la Universidad de Granada. Asimismo, en el Consejo de Administración y Presidencia de la Caja Provincial de Ahorros de Granada.

En la Sociedad Española de Microbiología fue vocal de su Junta Directiva durante varios años. Presidente del Congreso Nacional de Microbiología celebrado en Granada en 1973. También presidió y organizó diversos congresos internacionales. Miembro de diversas sociedades científicas nacionales e internacionales. Presidente de la Academia de Ciencias Matemáticas, Físico-Químicas y Naturales de Granada durante seis años. En posesión de varias condecoraciones, destacando la Encomienda con Placa de la Orden Civil de «Alfonso X el Sabio».

Enrique Montoya, como persona, podía aparecer a primera vista seria y fría, que infundía respeto; pero pronto se manifestaba en afecto, sencillez y cordialidad. Como investigador, exigente, crítico y apasionado. Como científico, con una sólida y amplia formación. Como docente, encarnaba la sencillez y espíritu vocacional. Como funcionario, con una gran humanidad y responsabilidad. Como intelectual, era culto y fuera de toda petulancia. Como jugador, apostaba a ganar.

Lo anterior no pretende ofrecer un perfil acabado de las realizaciones y personalidad de Enrique Montoya, tan solo un breve recorrido a lo largo de la vida docente e investigadora de un hombre que hasta días antes de dejarnos estuvo en el aula. Es justo decir que «ha muerto enseñando». Finalmente, solo me queda dedicar a su esposa Mari Lola e hijos -Mari Lola, María del Mar y Enrique- el mejor de los recuerdos y el homenaje a ese docente e investigador reconocido e incansable.

Cronología abreviada

1928: El 22 de Abril nace Enrique Montoya, en Córdoba.

1951: Obtiene el grado de Licenciado en Farmacia por la Universidad de Granada, y Premio Extraordinario.

1953: Doctor en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid.

1951-54: Ayudante honorario de clases prácticas en la Facultad de Farmacia.

1952-53: Becario del Instituto de Edafología y Fisiología Vegetal de la Estación Experimental del Zaidín, CSIC-Granada.

1954-55: Ayudante de Sección del Instituto de Edafología y Fisiología Vegetal del CSIC.

1954: Diplomado por la Escuela Nacional de Sanidad.

1954-55: Pensionado por el CSIC en la Universidad de Pavía (Italia), para realizar estudios de Fermentaciones Industriales.

1955-59: Superior Administrador del Colegio Mayor Isabel la Católica.

1955-58: Profesor encargado de la extensión de Fermentaciones Industriales de las enseñanzas de Edafología y Biología Vegetal en la Facultad de Ciencias

1955-56: Colaborador Científico temporal del Instituto de Edafología y Fisiología Vegetal del CSIC.

1956-62: Ayudante de clase prácticas en la Facultad de Farmacia.

1957-58: Profesor encargado de la extensión de Fitopatología de las enseñanzas de Edafología y Biología Vegetal en la Facultad de Ciencias.

1957: Colaborador científico por oposición del Patronato Alonso Herrera del CSIC.

1959: Contrae matrimonio con Mari Lola Lirola el 25 de junio.

1960: Nace su primera hija, Mari Lola.

1961: Nace su hija, María del Mar.

1962: Investigador Científico del Patronato Alonso Herrera del CSIC.

1963: Becario de la Fundación Juan March.

1964: Profesor Adjunto Honorario de la Facultad de Farmacia.

1964: Nace su hijo Enrique.

1967: Profesor de Investigación del CSIC.

1967-70: Catedrático de Microbiología por oposición de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Sevilla.

1967-70: Jefe de la Sección de Microbiología y Bioquímica del Centro de Edafología y Biología Aplicada del Cuarto (CSIC) en Sevilla.

1969-70: Profesor Titular de Biología del Colegio Universitario Gaditano.

1970: Catedrático de Microbiología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada (18 de Febrero de 1970).

1970: Profesor Agregado de la Estación Experimental del Zaidín (CSIC).

1970-73: Presidente de la Comisión de Servicios Técnicos de la Universidad de Granada.

1971-73: Vicedecano de la Facultad de Ciencias.

1972-74: Censor de Cuentas de la Universidad de Granada.

1973-86: Director del Departamento Interfacultativo de Microbiología.

1973: Presidente de la Comisión de Asuntos Económicos de la Universidad de Granada.

1973-76: Vicerrector de la Universidad de Granada.

1976: Académico cofundador de la Academia de Ciencias Matemáticas, Físico-Químicas y Naturales.

1976-77: Director del Departamento de Genética.

1977-78: Vicedecano de la Facultad de Ciencias.

1978-80: Director de la Sección de Ciencias Biológicas.

1980: Le es otorgada la Encomienda con Placa de la Orden de Alfonso X el Sabio.

1984-91: Presidente de la Academia de Ciencias Matemáticas, Físico-Químicas y Naturales de Granada.

1987-93: Vocal de la Sociedad Española de Microbiología.

1990-96: Director del Departamento de Microbiología constituido según LRU (Ley de Reforma Universitaria).

1996: El 9 de Diciembre fallece en Granada.

[ Homenaje al Profesor Montoya ] [ Fundación “Vicente Callao” ] [ Juana Carrero recibe Premio ]

[ Apuntes de una vida ] [ Enrique estudiante en Granada ] [ Inicio profesional y CSIC ] [ Enrique Montoya en Sevilla ] [ Montoya vuelve a Granada ] [ Montoya: vicerrector y académico ] [ Recuerdo de sus alumnos ] [ Discurso Enrique Montoya (1992)

Historia en Sección Ciencias

Historia en Sección Ciencias

Historia en Sección Ciencias

Origen

En 1967 la Universidad de Granada solicita, a petición de la Facultad de Ciencias (constituida entonces por la Sección de Químicas, de Geológicas y de Matemáticas) la Sección de Biológicas, que es aprobada al año siguiente y comienza a funcionar en el curso 1968-69. La Cátedra de Microbiología fue creada en el 1969 con el nombre de Microbiología y adscrita, desde su origen, a la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada. Durante el curso 1969-70 estuvo a cargo de la misma José Miguel Barea Navarro. En 1970 el profesor Enrique Montoya Gómez (que hasta entonces ocupaba la cátedra de Microbiología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Sevilla) ocupa la cátedra granadina por concurso de traslado, tomando posesión el 18 de febrero de 1970. En ella permaneció hasta el 9 de diciembre de 1996, fecha de su fallecimiento. (Enlace a homenaje).

Actualmente en el departamento de Microbiología de la Facultad de Ciencias existen tres catedráticos, ocho profesores titulares y un profesor asociado.

La primera sede del Departamento residía en el edificio de la Universidad por calle Duquesa, hasta que en 1973 se trasladó a su ubicación actual, en la recién construida Facultad de Ciencias de la Avda. de Fuentenueva.

Docencia

El primer plan de estudios de Biológicas incluía una Microbiología en 3er curso y la Virología e Inmunología en 5º curso. El siguiente plan de estudios amplió considerablemente el número de asignaturas: Microbiología, Bacteriología, Virología e Inmunología, Microbiología Industrial y Fitopatología. Ante la falta de profesorado, para poder impartir las dos últimas se recurre a especialistas de la Estación Experimental del Zaidín (C.S.I.C.) de Granada, en concreto a José Olivares Pascual y a Pedro Ramos Clavero, respectivamente. Ocuparon plazas docentes en diferentes puestos Carmen Rodríguez Franco, actualmente en el IAE de Sevilla; José Mª Ortega Ruíz, actualmente profesor Titular de Microbiología de la Universidad de Córdoba; Victor Costa Boronat, en la actualidad Investigador del Instituto de Astrofísica (C.S.I.C.) de Granada. También colaboraron como ayudante de clases prácticas otros científicos de la Estación Experimental como Rosario Azcón de Aguilar y Mercedes Campos Aranda, como encarga de curso de Fitopatología.

Como consecuencia del gran “boom” universitario y la idea descentralizadora de la enseñanza se ponen en funcionamiento los Colegios Universitarios de Málaga (1971), Jaén (1971) y Almería (1972). En estas sedes, la enseñanza de la Microbiología en las diferentes especialidades queda tutelada a la Facultad de Ciencias, aunque con total autonomía, hasta que en años posteriores se van constituyendo en respectivas Universidades.

En la actualidad el Departamento de Microbiología de la Facultad de Ciencias imparte enseñanza en tres titulaciones: Biología, Bioquímica y Ciencias Ambientales.

Licenciatura Asignaturas Créditos Características Biología Microbiología 12 troncal Bacteriología 6 optativa Virología 6 optativa Ecología microbiana 6 optativa Biotecnología microb. 9 optativa Fundam. biol. aplicad. 4 troncal Bioquímica Bioquímica y Microbiología industrial 8 troncal Ciencias ambientales Microbiología 4.5 troncal Microb. aguas y suelos 4 optativa Además, se participa en enseñanzas de tercer ciclo dentro del programa de doctorado de Microbiología.

Investigación

La llegada del catedrático Enrique Montoya desde la Universidad de Sevilla en 1970, supone el arranque de la investigación en nuestro Departamento. Con él vienen algunos colaboradores que comienzan sus tesis doctorales en la Estación Experimental de Zaidín. El entonces incipiente Departamento de Microbiología carecía de la infraestructura técnica, y los locales de que disponía en la calle Duquesa se reducían a cuchitriles. Por ello tuvieron que pasar varios años para que fructificaran las primeras Tesis. Merece la pena mencionar las que se elaboraron en esta primera etapa por Carmen Rodríguez Franco, “Estudio de los enzimas extracelulares y epicelulares producidos por Myxococcus xanthus”; Mª Teresa González Muñoz, “Estudios sobre la supresividad de mutantes rho- de Saccharomyces cerevisiae”; José Mª Ortega Ruiz, “Estudios sobre fenómenos de transformación en levaduras”; Víctor Costa Boronat, “Estudios sobre el mecanismo de producción de un factor homólogo de la toxohormona cancerosa por mutantes citoplasmáticos con deficiencia respiratoria de Saccharomyces cerevisiae”.

Las tesis doctorales anteriores marcan la investigación que se seguirá en años sucesivos: levaduras y mixobacterias. Con el paso del tiempo algunas líneas como la de mixobacterias han continuado, profundizándose diferentes aspectos, al mismo tiempo que se han abierto nuevas perspectivas. Por otro lado, se han abierto nuevas líneas de investigación especialmente referidas a los enterococos y otras bacterias lácticas.

Las líneas actuales de trabajo se desarrollan en dos grupos de investigación, consolidados por la Junta de Andalucía:

Grupo “Mixobacterias” Grupo “Sustancias antagonistas microbianas”

Grupo de investigación “Estudios de sustancias antagonistas producidas por microorganismos”

Objetivos

Grupo de investigación "Estudios de sustancias antagonistas producidas por microorganismos"

Grupo de investigación “Estudios de sustancias antagonistas producidas por microorganismos”

Caracterización estructural, biológica y genética de sustancias antagonistas, especialmente de tipo bacteriocina en bacterias del ácido láctico (BAL)

Aplicación tecnológica de las bacteriocinas del las BAL en la conservación de alimentos Responsable Eva Valdivia Martínez
Miembro Eva Valdivia Martínez (catedrática) Mercedes Maqueda Abreu (profª titular)

Antonio Gálvez del Postigo Ruiz (prof. titular) Manuel Martínez Bueno (prof. titular) Inés Martín Sánchez (prof. titular)

Antonia Fernández Vivas (prof. titular) Becarios postdoctorales:
Hikmate Abriouel

Becarios predoctorales: Matilde Fernández Rodríguez Samir Ananou Arantxa Muñoz Pérez del Pulgar Marina Sánchez Hidalgo
Proyectos de Investigación recientes y vigentes

“Clonación y secuenciado de los determinantes genéticos del péptido antibiótico AS-48 y su expresión en Lactococcus”

Entidad financiadora: CICYT, PB91-916 Duración: Junio 1992-Junio 1995

Investigador principal: Eva Valdivia Martínez “Conjugación mediada por feromonas en Enterococcus faecalis: estudios bioquímicos y genéticos”

Entidad financiadora: Duración: Investigador principal:

“Estudios biológicos y genéticos del péptido cíclico antibiótico producido por Enterococcus faecalis S-48: análisis de su expresión en cepas industriales de Lactoccoccus lactis y de su hiperproducción en sistemas bacterianos” (BIO095-0466)

Entidad financiadora: CICYT Duración: Junio 1995-Junio1998

Investigador principal: Eva Valdivia “Estudios genéticos y moleculares del péptido antibiótico AS-48. Estudio pretecnológico para su potencial uso en la preservación de alimentos” (BIO98-0908-C02-01)

Entidad financiadora: CICYT Duración: Julio 1998-Junio 2001

Investigador principal: Mercedes Maqueda “Aislamiento y caracterización de bacterias lácticas bacteriocinogénicas a partir de la leche y del queso de cabra, en el norte de Marruecos”

Entidad financiadora: AECI Duración: 1999-2000 (pendiente prórroga de un año adicional)

Investigador Principal: Mercedes Maqueda “Optimización de la producción de la bacteriocina AS-48 y ensayo de su eficacia como antimicrobiano en productos lácteos”

Entidad financiadora: Ministerio de Ciencia y Tecnología. AGL2001-3315-C02-01. 2001-04 Periodo: 2001-2004 Investigadora responsable: Eva Valdivia Martínez

“Obtención de variantes de la bacteriocina as-48 mediante mutagénesis dirigida, con propiedades físico-químicas y actividad biológica mejoradas”

Entidad finaciadora: Ministerio de Ciencia y Tecnología. BIO2001-3237 2001-04

Investigadora Responsable: Mercedes Maqueda Abreu Actividad de la bacteriocina AS-48 frente a microorganismos patógenos y saprofitos en alimentos de origen vegetal, e influencia en la fermentación láctica de vegetales.

Entidad financiadora: Ministerio de Ciencia y Tecnología. AGL2001-3315-C02-02

Periodo: 2001-2004 Investigador responsable: Antonio Gálvez del Postigo Ruiz Red Temática

Primera Acción especial sobre Bacteriocinas producidas por bacterias lácticas y su aplicación en la industria alimentaria. Se realizó en Granada 21-23 de Junio de 2001. De ella ha surgido la ANPENET : Red de Péptidos Antimicrobianos, que integra a todos los grupos que trabajan en este tema en el estado español.
Publicaciones recientes

A. Gálvez, G. Giménez-Gallego, M. Maqueda and E. Valdivia. 1989. Purification and aminoacid composition of peptide antibiotic AS-48 produced by Streptococcus faecalis ssp. liquefaciens. Antimicrob. Agents Chemother. 33: 437-441.

M. Martínez-Bueno, A. Gálvez, E. Valdivia and M. Maqueda. 1990 A transferable plasmid associated with AS-48 production in Enterococcus faecalis. J. Bacteriol. 172: 2817-2818.

A. Gálvez, M. Maqueda, M. Martínez-Bueno and E. Valdivia. 1991. Permeation of bacterial cells, cytoplasmic and artificial membrane vesicles and channel formation on lipid bilayers by peptide antibiotic AS-48. J. Bacteriol. 173: 886-892.

A. Gálvez, E. Valdivia, A. Gonzalez-Segura, M. Lebbadi, M. Martínez-Bueno and M. Maqueda. 1993. Purification and characterization of two substances produced by Bacillus licheniformis A12, with amoebolytic action against the free-living amoeba Naegleria fowleri. Appl. Envirom. Microbiol. 59:1480-148.

A. Gálvez, M. Maqueda, P. Cordovilla, M. Martínez-Bueno, M. Lebbadi and E. Valdivia. 1994. Characterization and biological activity on Naegleria fowleri of amoebicins produced by Bacillus licheniformis D-13. Antimicrob. Agents Chemother. 38: 1314-1319.

M. Martínez-Bueno, M. Maqueda, A. Gálvez, B. Samyn, J. van Beeumen, J. Coyette and E. Valdivia. 1994. Determination of the gene sequence and the molecular structure of the enterococcal peptide antibiotic AS-48. J. Bacteriol. 176: 6334-6339.

M. Lebbadi, E. Valdivia, A. Gálvez, M. Martínez-Bueno and M. Maqueda. 1995. Cocultivation of the amoeba Naegleria fowleri and the amoebicin-producing strain Bacillus licheniformis M-4. Appl. Environ. Microbiol. 61: 1649-1652.

M. Martínez-Bueno, E. Valdivia, A. Gálvez, J. Coyette and M. Maqueda. 1998. Analysis of the as-48 gene cluster involved in the production and immunity of the peptide antibiotic AS-48 in Enterococcus faecalis. Molecular Microbiology. 27: 347-358.

F. Mendoza, M. Maqueda, M. Martínez-Bueno, A. Gálvez and E. Valdivia. 1999.Antilisterial activity of the peptide AS-48 and study of the changes induced in the cell envelope properties of an AS-48 adapted strain of Listeria monocytogenes . Appl. Environ. Microbiol. 65: 618-625.

C. González, G. M. Langdon, M. Bruix, A. Gálvez, E. Valdivia, M. Maqueda and M. Rico. 2000. Bacteriocin AS-48, a microbial cyclic polypeptide structurally and functionally close to mammalian NK-lysin. Proc. Natl. Acad. Sci. USA. 97: 11221-11226.
A. Gálvez, M. Maqueda, M. Martínez-Bueno and E. Valdivia. 2000. Scientific publications trends and the developing world. American Scientists. 88: 526-533.
H. Abriouel, E Valdivia, A. Gálvez, and M. Maqueda. Physico-chemical conditions influencing the aggregational state of peptide bacteriocin AS-48. Curr. Microbiol. 2000. 42: 89-95.
H. Abriouel, J. Sánchez-González, M. Maqueda , A. Gálvez, E Valdivia, and M.J. Gálvez-Ruiz. Monolayer characteristics of bacteriocin AS-48, pH effect and interaction with DPPA at the air-water interface. J. Colloids Interface Science. 233: 306-312.
E.S. Cobos, V.V. Filimonov, A. Gálvez, M. Maqueda, E. Valdivia, J.C. Martínez, P.L. Mateo, 2001. AS-48: a circular protein with an extremely stable globular structure. FEBS Letters. 505: 379-382.
Tesis Doctorales de los últimos años

Estudio sobre las sustancias producidas por Bacillus licheniformis M-4 frente a la ameba Naegleria fowleri. DOCTORANDO: Mariam Lebbadi (1994).
Caracterización bioquímica y genética de los sistemas conjugativos de los plásmidos pMB1 y pMB2 de Enterococcus faecalis. DOCTORANDO: Rosa Quirantes Alonso (1995).

“Análisis y expresión de los genes responsables de la producción y resistencia frente a AS-48”, DOCTORANDO: Martha Lucía Diaz Torres (1999).

“Estudios físico-químicos y biológicos de la bacteriocina AS-48”, DOCTORANDO: Hikmate Abriouel (2000).
Tesis en curso de realización:

Análisis de expresión de los determinantes genéticos de la bacteriocina AS-48 en Enterococcus faecalis y Lactococcus lactis. Matilde Fernández Rodríguez.

Efecto de la bacteriocina AS-48 sobre cepas enterotoxicogénicas de Staphylococcus aureus: estudios in vitro y en sistemas alimentarios. Samir Ananou.

Optimización de la producción de la bacteriocina AS-48 y estudio de su eficacia como bioconservante en sistemas alimentarios. Arantxa Muñoz Pérez del Pulgar.

Obtención de variantes de la bacteriocina AS-48 mediante mutagénesis dirigida, con propiedades físico-químicas y actividad biológica modificadas. Marina Sánchez Hidalgo Web de Péptidos Antimicrobianos (ANPENET)

Secciones

SeccionesLa sección “Artículos” recoge numerosos ensayos de divulgación, agrupados en diversas categorías.

La sección “Crítica de libros” está mantenida por Daniel Soutullo

Objetivos

bullet Estudiar y divulgar los temas interdisciplinares generados por la intersección entre las modernas biotecnologías, principalmente la del ADN recombinante, y los aspectos sociales (éticos, legales, políticos, etc).
bullet Impulsar la participación pública en el necesario debate sobre el control e implantación de las biotecnologías en diversos ámbitos de las actividades humanas, así como de los posibles impactos medioambientales y en las relaciones entre los pueblos y las culturas.
bullet Participar en la creación de una red iberoamericana de profesionales y ciudadanos deseosos de reflexionar sobre todos estos aspectos.
bullet Editar boletines de noticias y artículos divulgativos que puedan servir de foro libre para la expresión de las preocupaciones de diversos sectores sociales.

Novedades bullet
Sesión de diapositivas sobre Manipulación de la expresión génica en microorganismos (enero 2003)
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Ensayo sobre “Manipulación de la expresión génica” (enero 2003)
bullet
Ingeniería metabólica (enero 2003)
bullet
Aspectos éticos del uso de embriones humanos en experimentación (incluyendo clonación terapéutica. Discusión del estatus moral del embrión preimplantatorio) Recomiendo la visita a la página “hermana” mantenida por el Dr. Miguel Moreno, que incluye unos excelentes artículos sobre estos temas.

Igualmente animo a explorar el sitio web del Prof. Lacadena (Depto. Genética, Universidad Complutense), que mensualmente incluye nuevo material de gran interés sobre Genética y sociedad.

Página web del Prof. José Olivares (Depto. Microbiología del suelo, Estación Experimental del Zaidín, CSIC), con artículos sobre fijación de nitrógeno, reflexiones sobre biotecnología agrícola, etc.

(sección mantenida por Enrique Iáñez) A la portada de Instituto de Biotecnología A la portada de Enrique Iáñez

Artículos y ensayos Crítica de libros Curso de Doctorado Más información Cursos y Seminarios

Programa de doctorado:

“Microbiología”

De este programa de Doctorado se encarga principalmente nuestro Depto. de Microbiología, con participación del Depto. de Microbiología del Suelo y Sistemas Simbióticos de la Estación Experimental del Zaidín (CSIC), y el Departamento de Enfermería de la Universidad de Granada

Justificación general y objetivos científicos

Presentación de un cuerpo de conocimientos avanzados sobre la investigación en Microbiología, con un enfoque interdisciplinar y versátil, que pretende ofrecer cauce a un amplio espectro de configuraciones curriculares (Medicina, Farmacia, Odontología, Biología). A ello contribuye el hecho de que todos los cursos teóricos son opcionales, y el que todas las líneas de investigación de los Departamentos implicados ofrecen posibilidades para los alumnos de 2º año se incardinen en la que consideren más apropiadas para su formación investigadora.